De puntillas

Autor:

Nyliam Vázquez García

La primera gira por Asia del presidente de EE.UU. transcurre en medio de grandes expectativas. Sin embargo, es su parada en la República Popular China la que más interés ha provocado. Las relaciones chino-estadounidenses, complejas y determinantes, buscan avanzar sin que colisionen sus intereses.

Obama aterrizó en la cosmopolita ciudad de Shanghai y en la primera oportunidad trasladó un mensaje medular: «EE.UU. no busca contener el avance de China». Seguramente ya sus asesores lo habían prevenido sobre el resultado de una reciente encuesta. Según esta, el 80 por ciento de los encuestados cree que Washington quiere evitar que el país asiático siga creciendo en poder económico e influencia. Salvar la imagen de su país ante los chinos, en medio de rencillas económico-comerciales con el país asiático y en plena crisis mundial, parece ser una de las prioridades del mandatario.

Por suerte, a través del Diálogo Estratégico y Económico China-EE.UU. hace apenas cuatro meses, ambas partes lograron un acercamiento que permitió despejar en buena medida, algunos de los temas que más enrarecían las relaciones, y otros, simplemente se evadieron para evitar los distanciamientos irreconciliables. Las divergencias entre el país más desarrollado del planeta y la mayor nación en vías de desarrollo, aunque en un mundo globalizado no suponen el divorcio, sí exigen (al menos en teoría) el diálogo abierto y la profundización de la confianza mutua. Máxime, cuando poseen economías interdependientes y no pocos intereses comunes. A estas alturas, China es un interlocutor de peso en el concierto de las naciones. EE.UU. —muy a su pesar— ha tenido que reconocerlo. Ahora se ve obligado a escuchar a la nación más poblada del planeta.

Según trascendió, durante el encuentro con el presidente chino, Hu Jintao, ambos intercambiaron sobre las alternativas para la recuperación económica definitiva, sobre la importancia y necesidad de energías limpias para contrarrestar el cambio climático, así como el cese de la proliferación de las armas nucleares, entre otros ligados a su interdependencia económica y la preservación de la paz mundial.

Aunque la Casa Blanca ha dado muestras de que comprende la importancia estratégica de sus relaciones con Beijing, mantiene ambigüedad en temas trascendentes para China, como la venta de armas a Taiwán o el apoyo de grupo radicados en EE.UU. a movimientos separatistas en Tíbet y Xinjiang. Si bien estos tópicos no constan en la agenda pública de la visita, sí están latentes y se mantienen como parte de los que enturbian el panorama bilateral. No obstante, Obama declaró en Shanghai la adhesión absoluta de su país al principio de una sola China.

«La verdad es que Washington espera que China ayude a combatir la actual crisis económica y en última instancia mantenga el orden mundial dominado por Estados Unidos. Si Beijing se niega, entonces seremos vistos como "irresponsables" y como la fuerza que socava ese orden», apuntó Yuan Shan, investigador sobre política y administración pública de la Universidad de Wuhan.

Como quiera, lo realmente seguro es que la apuesta de ambos gobiernos supera lo táctico para concentrarse en una relación estratégica en la que sea mínima la confrontación y, de ser posible, se beneficien mutuamente. Cada palabra, cada reacción, cada acto, se estudia cautelosamente. Saben de riesgos. Andan... de puntillas para no chocar.

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