«Paciencia, paciencia...»

Autor:

Luis Luque Álvarez

Corre el año 2051. El ya nonagenario ex presidente Barack Obama repasa unos papeles de su archivo. Con temblorosa mano toma uno de los reportes de su entonces enviado especial a Oriente Medio, George Mitchell, quien por allá por 2009 acudió una y otra vez a Jerusalén a tratar de convencer a los dirigentes israelíes de que detuvieran la construcción de colonias ilegales en territorios palestinos. Ingrata tarea.

«Un papel como otros», se dice, maldiciendo la tozudez del entonces primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, negado a ceder un milímetro de las tierras ocupadas en Cisjordania y en el este de la Ciudad Santa. Eran los días (noviembre de 2009) en que el presidente palestino, Mahmud Abbas, anunciaba que pediría al Consejo de Seguridad de la ONU el reconocimiento del Estado Palestino independiente, para cuya proclamación deseaba el apoyo de EE.UU. y de la Unión Europea.

Todos los consejos acerca de ese paso iban en el mismo sentido: «Es prematuro», advertía el canciller de Suecia; «debe hacerse cuando sea el momento…, en su momento apropiado», decía el Alto Representante europeo para las relaciones exteriores; «tiene que ser por medio de negociaciones con los israelíes», reclamaba un vocero desde Washington, y el presidente israelí, Shimon Peres, sugería a los que sufren la ocupación militar que «deben negociar con paciencia».

Sesentiún años después de la proclamación del Estado de Israel, todavía se les pedía paciencia a los palestinos para fundar el suyo, para no llevar ante el Consejo de Seguridad la propuesta de que se reconociera un Estado árabe en la pequeña y atestada Franja de Gaza, en la fértil orilla occidental del río Jordán y en el este de Jerusalén, aun así un ridículo porcentaje de la tierra que les correspondía según el Plan de Partición de 1947.

No, no obtuvieron respaldo. La UE, aunque está geográficamente mucho más cerca de Israel que EE.UU., había preferido «esperar» que Washington reactivara el «proceso de paz», y Tel Aviv siguió haciendo oídos sordos a su mentor. De hecho, cuando los palestinos decidieron ir adelante con su plan, con el apoyo de la Liga Árabe, el gobierno de Netanyahu reaccionó incautando más tierras en Cisjordania y autorizando la construcción de más colonias. Las armas —las suyas propias y las que le llegaban de este lado del Atlántico— lo ayudaron bastante. Corrió la sangre…

Hace ya mucho tiempo que murieron Abbas, Netanyahu y Peres. Obama apoya su diestra en el bastón y se levanta con dificultad. Camina hacia su escritorio, detrás del cual reposa un mapa de Oriente Medio, y lo recorre con sus ojos cansados. Todavía no existe un Estado palestino, y la Tierra Santa parece un queso agujereado por los asentamientos israelíes. Los noticieros hablan de incidentes en la frontera con Jordania y en los límites con el Sinaí egipcio, pues el gobierno de Tel Aviv, que ya no tiene cómo satisfacer el apetito geófago de sus colonos de ultraderecha, ha movilizado tropas hacia esas zonas.

Es el año 2051. Ha pasado mucha agua del Jordán bajo los puentes. Pero aún en Palestina hay manos que arrojan piedras contra los tanques. El anciano juraría que, sin saber de dónde, una ha pasado muy cerca de su cabeza, en la que, como en un carrusel, todavía giran unas palabras vacías: «Paciencia, paciencia, paciencia…».

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