La hora de los desconocidos

Autor:

Luis Luque Álvarez

Dicen que cuando le preguntaron a Hillary Clinton por Catherine Ashton, la estadounidense se encogió de hombros: no la conocía. También que el gobernante español, José Luis Rodríguez Zapatero, no acertó con el nombre de Herman Van Rompuy: le cambió el «van» por el «von». Y un diario alemán, el Bild, se atrevió a más: «¿Van qué?»…, además de llamarlos «Don y Doña Nadie».

Ella, una baronesa laborista británica, fue elegida Alta Representante de Política Exterior de la Unión Europea (algo así como una canciller «en nombre de todos»), y él, un político democristiano que se desempeñó como primer ministro de Bélgica desde hace un año, se ha convertido en el presidente estable del Consejo, donde se encargará de labrar el difícil consenso entre los 27 países que forman el bloque y de dar la cara por la UE en las reuniones con los líderes de las grandes potencias regionales.

Pero la avalancha que les ha caído encima no es dulce nieve pre-navideña: la prensa, y otros en los círculos políticos, la han emprendido contra su escasa experiencia en política internacional y contra su carácter de desconocidos, en la creencia de que rostros más familiares ayudarían a hacer más fuerte a la UE. Craso error, opino, pues si alguien tan famoso e «internacional» como el ex premier británico Tony Blair se hubiera hecho con la presidencia, ¿qué porcentaje de credibilidad y fortaleza habría aportado, si desde que lo nombraron enviado especial del cuarteto (EE.UU., Rusia, la UE, y la ONU) para Oriente Medio no logró que se desmantelara una sola colonia israelí, ni evitó una agresión tan brutal como la que padeció la Franja de Gaza a inicios de 2009?

Al menos Van Rompuy tiene a su haber el sosiego político de Bélgica en el último año. En ese pequeño país se reeditan de vez en vez las disputas entre la comunidad flamenca (de habla holandesa) y la valona (de habla francesa). El último desencuentro, tras 18 meses de inestabilidad, solo fue aplacado por las artes del ahora «europresidente». Aún no se ha ido, ¡y ya lo están llorando!

Para los expertos, ya hay un «balance» institucional: un ibérico (el portugués José Manuel Durao Barroso) preside la Comisión Europea; uno de los ex socialistas (el polaco Jerzy Buzek) encabeza el Europarlamento, y se suman ahora uno (Van Rompuy) procedente de los países fundadores de la UE, y otra de los norteños (Ashton).

Pero la representatividad no convence. En la elección de Van Rompuy algunos ven una jugada de los más poderosos —Francia y Alemania— para que su poco «carisma» no permita echar sombras sobre las decisiones de París y Berlín.

En cuanto a Ashton —«soy la mejor para el puesto», dijo sin sonrojarse—, sorprende que la «eurocanciller» provenga del país que más reticencias planteó hacia ese cargo cuando se redactaba el Tratado de Reforma como la UE (¡oh, sutil diplomacia!). Dicen que el primer ministro Gordon Brown la colocó como zancadilla a los conservadores británicos: si no la apoyan, los acusará de «antipatrióticos», ¡y las elecciones son en mayo! Pero la ventaja de estos en los sondeos es tan amplia, que solo un milagro…

En fin, poco a poco tendrán que ir desapareciendo en Europa las muecas disimuladas. A esta hora, ya la Clinton habrá abierto un archivo con el nombre de Ashton, y Zapatero estará practicando: «Van… ¡Van Rompuy!»

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