24 °C «Sé justo», pide Martí a su hijo. A punto de embarcar, no le sobran los minutos. ¿Qué mejor consejo que este, breve, viril…?
Ah, pero ella, la justicia, no corre por las venas como la sangre que, de todos modos, vendrá en diástole y saldrá en sístole, lo quiera o no el dueño del corazón. Ser justo es un aprendizaje, un ejercicio, una disposición de obrar rectamente, pese a las sonrisas o a las recriminaciones.
Es, en esencia, esforzarse por buscar la verdad y el bien, servirse de las experiencias, de los consejos de los que han dejado buena estela, y con estas armas disponerse a actuar en sintonía con la regla más sencilla —y esquiva a la vez— que guarda la humanidad en su patrimonio moral: Como te gustaría que los demás obren contigo, así debes obrar tú con ellos. ¿No te gusta ser pisoteado? ¡Pues no pisotees a los demás! ¿Te complace ejercer tus derechos, y que se respeten también los de tus seres queridos? Entonces tampoco se los niegues a los otros.
Estos «otros», por cierto, florecen dondequiera. Y no son únicamente los que sufren hambre en olvidados sitios del planeta, o los que padecen ocupaciones militares, o quienes caen víctimas de balas perdidas entre las ráfagas de los potentados del narcotráfico. Hacia todos ellos, que palpitan por millones en las páginas de los diarios y en los noticieros televisivos, brota un natural deseo de que se les haga justicia. La simpatía —incluso la empatía— inflama el alma del que observa la tragedia desde lejos.
Sin embargo, ¿qué hay de aquel que a mi lado, en mi barrio, en el puesto de trabajo contiguo, experimenta el efecto de alguna decisión arbitraria, desnuda de un sólido argumento, y yo —o usted—, teniendo la posibilidad de remediarla o al menos la obligación moral de examinar honestamente su validez, hacemos la vista gorda? ¿Afectos para el que está a mil millas, y apatía (incluso «mala leche», como canta un roquero) para el que aquí mismo soporta una situación absurda?
En última instancia, hacer justicia no depende tampoco de simpatías. Se cuenta de un juez que condenó a una muchacha al pago de una fuerte multa, por la manera tan disparatada en que conducía su automóvil, poniendo en peligro la vida de quienes osaran estar en la carretera o a su vera cuando ella pasara «a millón». La joven, una adolescente, difícilmente hubiera podido reunir la suma requerida, por lo que recibió su reprimenda, pero quien debió desembolsar los billetes fue… ¡el mismo magistrado!
Era su padre. Su propia sangre. Y prefirió actuar con apego a la justicia antes que impulsado por un sentimiento de compasión irresponsable, hacia ella o hacia su bolsillo. «Pasar la mano» hubiera sido lo erróneo: confirmar falsamente que «todo es según el color del cristal con que se mira», negar el bien objetivo y aplaudir lo equivocado. ¡Pésimo ejemplo de rectitud!
¿Fin de la fábula? Que desoyendo el consejo que el Apóstol daba a su hijo y a quienes, por nacer en esta tierra, venimos escuchándolo desde pequeños, se acostumbra el ser humano —¡vaya peligro!— a tomar el bien por mal, y viceversa. ¿Un daño a quienes lo rodean? Sí, pero ¿cómo podrá escapar del perjuicio propio? ¿Con qué aliento podrá levantar del fango la conciencia caída bajo el peso de la injusticia que él mismo ejerció desde la fuerza o desde la indiferencia?
Sigue resonando la urgente exigencia: «¡Sé justo!».
leí su artículo, tiene muy bonitas palabras, mucha fraseología, pero relamente en el fondo qué ha querido decir usted? cuáles son los problemas, a los que usted se refiere? en espera de su amable respuesta. jorge
buen articulo Luis en torno a la justicia, el mensaje obviamente lo conlleva el titulo pero no le siento el peso de tus buenos articulos....
Pues sí, Luis, somos capaces de ser solidarios con aquel allende los mares, de las más disímiles maneras, podemos hasta perder el sueño por lejanas injusticias, pero tan preocupados andamos en esos menesteres que al parecer las que cada día no hacen difícil la existencia y ponen en duda la distancia de nuestras metas, tan humanas y tan difusas en tantas ocasiones, precisamente por las injusticias que persisten y nuestro propio afán egoísta cuando de involucrarnos en temas "calientes" pero no otras orillas, sino en nuestras propias "playas", y a mi modesto modo de ver, creo que DISENTIR, cuando para bien se trata, lleva también el cuño del "enemigo" y a eso, como diría mi Abuela, se le teme más que al Diablo a la Cruz, hay una frase que se ha vuelto recurrente "ese no es mi problema" y sí creo que sí, que una injusticia en NUESTRO patio, nos tiene que doler más que unó allá en lo ignoto, muchos "jefecillos" disfrazados de revolucionarios, saben muy bien como estimular esa actitud entre los subordinados, su expresión más común es, aunque nadie lo diga, el miedo, que es la verdadera antípoda del pensamiento revolucionario y justo y el miedo a "señalarnos" nos ciega y enmudece; para ese mal nada mejor que aquellos versos de quien invocas en la primera línea de este excelente artículo: "Yugo y Estrella"
Como discípulos del Pensamiento Cubano, siento un profundo dolor por el comentario de Jorge. Este artículo, precioso, no tiene nada de aprendizaje, es todo convicción ética y humana. Ya sabemos de lo práctico que resulta el vicio a muchos. Pero acaso no es más bello y justo un mundo de útiles virtudes, pasando por el mejoramiento humano. Amigo Jorge, no permita que la tormenta y las circunstancias lo lleven a sentirse inseguro en nuestra nave de fe, la cubanía. Nuestra patrona es y será la justicia, no dejemos que zozobre, salvemos pues a Cuba.
Buenas tardes a todos. Les agradezco que me hayan escrito. El texto puede servir sencillamente para que cada cual le encuentre aplicaciones concretas a partir de sus circunstancias particulares. El tema es la justicia, y cada cual podrá reconocer de cuáles injusticias ha sido víctima, de cuáles ha sido ejecutor, y elegir cómo actuar en adelante. No es un tratado sobre la virtud de la justicia, sino solo un modestísimo acercamiento. Gracias otra vez.
En realidad la intención al escribir el artículo habrá sido la mejor, pero, ¿cuál es el mensaje? Quiere que elijamos cómo actuar de ahora en adelante para tener justicia...¿Quiere decir que actuando de la forma en que hemos actuado hasta ahora no tenemos derecho a la justicia? Le pregunto: ¿Está seguro de que lo que usted llama justicia lo es tal?
A Lumay: En ninguna parte digo que todo el que lee mi texto haya actuado anteriormente contra la justicia y que ahora deba «enmendarse». Mi mensaje es directo: actuemos con apego a la justicia, a la ley de no causar a los demás el mal que no nos gustaría padecer nosotros. De ahí a interpretar que este mensaje presupone necesariamente un modo reprobable de actuar en el pasado, va un abismo. En cuanto a si estoy seguro de mi concepto de justicia, sí: entiendo que esta reside en darle a cada cual lo que le es debido, lo que le pertenece en razón de su ser (respetar su dignidad de persona) o de sus acciones. Ni más ni menos. Aprovecho para explicar que no es un concepto que imponga a nadie, solo lo enuncio y me adscribo. Usted elige aceptarlo o no. Gracias por escribir.
Felicidades a Luis Luque Alvarez por su artículo, que es como alimento para el espíritu, y gracias por sus comentarios relativos a las opiniones de quienes escriben aquí. Eso indudablemente que estimula la interacción con sus lectores. Ejemplar.