Las «ganancias» del cambio climático

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Dennis y Stacie Woods, un matrimonio estadounidense de Seatle, han dedicado sus vacaciones a viajar a lugares que ya tienen o pudieran tener su fin anunciado. En su larga lista de itinerarios se destacan las Islas Galápagos, el Amazonas o el Monte Kilimanjaro. En sus planes también estaba un viaje al Ártico.

¿Por qué darse una vueltecita a estos lugares, algunos tan exóticos y otros inhóspitos? Pues, en el caso del paisaje sudamericano, no querían perderse su espesura verde «antes de que sea convertido en un rancho ganadero, o talado o quemado hasta las raíces», y el Kilimanjaro (Tanzania) para deleitar su cima helada antes que se derrita. Según los científicos, los glaciares tropicales que cubren la montaña tanzana desde hace más de 11 000 años pueden desaparecer en menos de dos décadas debido al calentamiento global.

Los Woods son clientes de lo que TravelAge West, una revista de viajes, denomina «turismo de la fatalidad» o «de catástrofe». Muchas de las verdades expuestas por los ambientalistas son usadas por agencias de viaje para ofrecer a sus clientes nuevas rutas de exploración, entre las que se encuentran el Kilimanjaro, el monte Kenya, la Antártida, la cuenca Amazónica y otros lugares amenazados por la irracionalidad.

A la cabeza se encuentra la industria turística norteamericana con sus paquetes turísticos a la majestuosa montaña tanzana. Entre estos están la Internacional Mountain Guides, que debutó con su primera excursión en 1989; Alpine Ascents International, Rainier Mountaineering, Mountain Travel Sobek…

Estas y otras tantas compañías del Primer Mundo defienden sus paquetes turísticos como propuestas medioambientales y ecosensibles. Pero solo se trata de una estrategia mercantilista encaminada a crear en un grupo de clientes, por supuesto, de clase media y alta, la necesidad de visitar un lugar que pudiera desaparecer o que dejaría de tener su encanto dentro de poco.

Organizaciones ambientalistas sostienen que estas visistas a sitios amenazados por los devastadores efectos del cambio climático tienen poco de «verde», y que solo se trata de una artimaña de la industria turística para sacar ganancias de los últimos días que les quedan a determinados parajes. Además, para llegar a muchos de estos rincones recónditos se necesita la construcción de infraestructura, hoteles y viajes en coche que pueden ser nocivos para estos ecosistemas. El agua caliente y el confort tampoco faltan. Están depredando más.

«Mucha gente quiere hacer lo que está bien; de manera que cuando algo se vende como lo correcto, tiende a hacerlo», explica John Stetson, vocero de la Fundación Will Steger, una organización educativa ambientalista de Minnesota, quien ejemplifica que invitaciones como las que se hacen a viajar en jet para ver los icebergs en peligro, contribuye a que estos se derritan más rápido.

Además, el número de clientes interesados en comprar estas ofertas está en alza. Por ejemplo, cada año unos 10 000 turistas visitan el Kilimajaro. Para ascender la montaña tanzana se usa preferiblemente la ruta Marangu, tan popular que se ha ganado el nombre de ruta Coca Cola, debido a que los viajeros pueden comprar esa bebida en tiendas desplegadas a lo largo del camino.

En tanto, Quark Expeditions, empresa líder en viajes al Ártico, duplicó la capacidad para la temporada de 2008 en viajes a los puntos más extremos del norte y del sur del planeta, mientras los operarios informan que sus clientes piden muchos más viajes a los glaciares que se derriten en la Patagonia y a los corales erosionados en arrecifes y atolones (islotes de coral) de las Maldivas, según TravelAge West.

Hasta el momento los países del Norte, principales responsables del cambio climático, no concretan sus cifras de emisión de gases contaminantes. Pero algunas compañías turísticas ya se ponen las botas e intentan sacar su lasca a la catástrofe.

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