Regalo sin límites

Autor:

Alina Perera Robbio

Emprendí viaje, traspasé las puertas, y al entrar, encontré un mundo de sortilegios. Ha sido este jueves cuando, después de haber recibido señales de un amigo común, acudí a la invitación del amigo Carlos Alberto Cremata, quien quiso regalar esa noche en el Teatro de la Orden Tercera, en la zona antigua de la ciudad, la más reciente puesta en escena de la compañía de teatro infantil La Colmenita, que él dirige y de la cual forma parte como un niño más.

Cumplía Cremata 50 años, y obsequió especialmente a sus amigos una función de Y sin embargo, se mueve, obra que se me ha quedado colgada del corazón y levantó, como soplo travieso y fresco, cierta hojarasca plácida de la conciencia. Porque el concepto principal sobre el cual pone luz la aparición prodigiosa de niños y adolescentes en las tablas, es que sostener verdades se las trae, es cosa de valientes; y vivir acompañados de ciertas expresiones («puede ser…», «¿por qué no?», «quién sabe…»), no es asunto de juego.

En una propuesta sumamente profunda, aderezada nada más y nada menos que con canciones del poeta Silvio Rodríguez, se nos cuenta de un niño que llega tarde a su examen de Matemáticas, y que al ser interpelado por su maestra, de equilibrio emocional sumamente precario, confiesa haberse detenido ante la aparición de extraterrestres. Su declaración revuelve la escuela y lo lleva a un tribunal estudiantil donde se mueven, como fuerzas encontradas, el empecinamiento de los verdugos, la inocencia infantil, la imperiosidad del chiste, la necesidad de ser «correctos», la urgencia de la duda, y el compromiso con la verdad.

No alcanzarían las líneas para hablar de los actores deslumbrantes, niños de todas las edades, colores y estampas. Apenas subrayar el canto de la pequeña María (Carolina Fernández), cuyos ojos, que parecen haberse escapado de una pintura de nuestro Ernesto Rancaño, miraban al público sin rubor al tiempo de recordarnos que el camino de la verdad estará siempre preñado de engañosas sillas. O la aparición de Lapatún (Olito Tamayo), el enjuiciado, quien nos remite a todos los sufridos de la Historia, los buenos, los serenos, los cronopios modelados por Julio Cortázar, los iluminados, los herejes, los peligrosos, los transgresores.

Mejor me detengo en las parábolas: en cómo el Hombre ha dejado de ser una criatura que juega y ha pretendido encorsetarlo todo en una racionalidad que deja poco o casi nada a la imaginación; en cómo vivimos un mundo binario donde el bien está de un lado y el mal del otro, donde las lecciones suelen darse verticalmente, y no como en feria de sabidurías compartidas, donde cada quien regale el talento con que hizo aparición en esta vida nuestra.

Una sentencia se desgajó de la obra e inundó la sala: ¿Por qué podemos «esclarecer» cualquier asunto y en cambio no sabemos creer? ¿Por qué no creemos en las Figuras de Nazca? Y añado: ¿Por qué no creer en lo inexplicable, en lo imposible (que es lo posible oculto o al revés), o en lo intangible que es lo espiritual y todo lo mueve?

Al final el pequeño Lapatún, pobre mortal, es obligado a un «arreglo», «para evitar desórdenes» y lee una nota donde se retracta. Una nota con palabras que ni él entiende. Pero susurra más adelante, como el gran Galileo, un «no sé…». Es ese su «Y sin embargo se mueve…», su hendija abierta a la verdad, senda difícil, ardiente y que nos estremece cuando, desprevenidos y mansos, nos quitamos el traje gris de seres adultos, adocenados y aburridos.

No sé si Cremata lo sabe, pero en el Teatro de la Orden Tercera, sede de las funciones de la Compañía Teatral La Colmenita —allí donde los trabajadores sonríen y parecen no haber pronunciado jamás la palabra «no»—, ha hecho un regalo de dimensiones inconmensurables: la angustia por la verdad. Y yo que fui testigo, y que dejé atrás las puertas como niña renacida, quiero darle mil gracias.

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