El Tributo de Carlota

Autor:

Juan Morales Agüero

El espíritu de rebeldía del pueblo cubano es una suerte de carta de presentación que le franqueó desde su nacimiento las puertas de la historia. Tuvo su premiere en tiempos de la conquista, cuando nuestros apacibles aborígenes erigieron un muro de contención a los intentos colonialistas de someterlos con la espada y con la cruz.

Algunos hechos dan fe de esta tempranera vocación criolla por defender su libertad. Como aquel que encabezó en la región oriental el cacique taíno Hatuey, venido desde la hermana Quisqueya, quien en 1511 pagó en la hoguera la osadía de enfrentarse a los españoles, a los que ya había combatido con fuerza en su país de origen.

Según Bartolomé de Las Casas, el dominicano mostró a nuestros indios una cesta llena de oro y les dijo: «Este es el dios que los hombres blancos adoran. Por esto luchan y matan. Por esto nos persiguen. Ellos roban nuestras pertenencias, seducen a nuestras mujeres, violan a nuestras hijas, usurpan nuestras tierras y nos hacen sus esclavos».

La insubordinación desbordó las palabras. Algunos nativos se le unieron y con ellos formó un piquete cuya estrategia era la de atacar como las guerrillas, dispersarse entre las lomas y reorganizarse de nuevo para la próxima acción. Golpeó a los españoles de tal manera que los obligó a mantenerse confinados dentro de su fortaleza.

En tan desigual refriega —¡ay!—, solo un exiguo saldo pudieron conseguir las flechas contra los arcabuces. El exterminio se fue consumando hasta que la comunidad autóctona resultó aniquilada por los excesos, la mayoría en las tristemente célebres encomiendas, infiernos de trabajos forzados surgidos de la perversidad de los conquistadores, ávidos por enriquecerse a cualquier precio.

Así fue que, perdida la mano de obra indígena en la Isla, España giró su mirada hacia el continente africano. Hacia allá pusieron proa sus barcos negreros para regresar con sus bodegas repletas de nativos desarraigados por la fuerza de su tierra. Muchos no pudieron resistir los rigores de la travesía. Los que consiguieron sobrevivir a las enfermedades, a los maltratos y al hacinamiento, fueron obligados a trabajar aquí en condiciones de denigrante esclavitud.

Pero la rebeldía no tardó en aparecer en el corazón de aquellos hombres que laboraban de sol a sol en los cañaverales y los cafetales bajo el látigo del mayoral. No pocos escaparon hacia zonas montañosas de la Isla. Por allá arriba, en grutas y escondrijos, fundaron los palenques, especie de comunidades donde se sintieron nuevamente en libertad y hasta se alzaron contra sus amos explotadores. La revista Cuba Socialista reseña así uno de aquellos hechos:

«Algunos levantamientos contra los opresores fueron encabezados por mujeres. Carlota, una esclava de origen lucumí, se sublevó el 5 de noviembre de 1843 en el ingenio Triunvirato. Ella dirigió la rebelión que logró extenderse por la provincia de Matanzas a las dotaciones de los ingenios Ácana, Concepción, San Lorenzo y San Miguel, y a numerosos cafetales y fincas ganaderas. En el ingenio San Rafael, Carlota murió combatiendo en su intento por liberar a otros esclavos».

Han transcurrido varios siglos desde aquellos hechos fundacionales que cimientan el espíritu de rebeldía nacional. Hoy resulta oportuno desempolvarlos, aunque no se trata de reciclar la historia. De esa fuente se alimenta la solidaridad internacionalista concebida por Martí en una frase genial cuando dijo: «Patria es humanidad».

Como homenaje a esa mujer de sangre africana, la misión internacionalista de Cuba en la República Popular de Angola, que tan decisivo rol desempeñó en la defensa de esa nación contra las apetencias de sus enemigos, fue bautizada con el nombre de Operación Carlota. Aquella negra esclava, luchadora por la libertad, representa también lo mejor de nosotros.

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