Escuchar

Autor:

Hugo Rius

Los siempre saludables cruces verbales de opiniones suelen realizarse con harta frecuencia entre continuas interrupciones mutuas que mutilan las exposiciones de ideas y puntos de vista, y por lo general las partes se inclinan a imponerse por hablar más alto y más rápido. En mi aula universitaria, cuando fomento el examen de un asunto controversial, apenas alguien comienza a esbozar una primera oración, se levanta un oleaje de manos y de voces discrepantes, sin aguardar turno.

Así, con esa práctica corriente se empobrece el debate, ese tan necesario que nos aguarda por delante para auscultar con manos propias nuestra sociedad y mejorar su salud mirando hacia el futuro. No será, desde luego, con los patrones que nos llegan furtivos de la televisión basura del otro lado, cuajados de intolerancia, fanatismo e histeria, que terminan sin dejar un solo concepto perdurable en pie.

Debatir a fondo con espíritu edificador requiere desarrollar mucho más la capacidad de escuchar con respeto, paciente y tranquilamente, condición indispensable para saber y entender al otro, sus motivaciones, intenciones y propuestas. Por diferentes que sean los criterios, su ventilación argumentada nos hace crecer y enriquecernos, pues ya se ha dicho con sobrada autoridad, que de las discrepancias surgen las mejores ideas.

El verbo escuchar, que no es lo mismo que simplemente oír, ha sido bastante desterrado en distintos espacios institucionales y administrativos, desde los accidentales cuadros y funcionarios petulantes que nunca escucharon la advertencia, el consejo dictado por la sabia experiencia al pie de obra ni tampoco la indicación de que ya se habían descubierto desde tiempos inmemoriales el agua tibia y el café con leche, y se repite la «innovación» derrochadora como el que tropieza dos veces con la misma piedra.

Tampoco al burócrata redomado le complace escucharlo todo, sino solo el fragmento o el resquicio que se acomode a lo que fraguó previamente en sus elucubraciones mentales voluntaristas, inflexible a cualquier invitación a repensar los pasos a dar, refractario a que la verdad plena resplandezca por desagradable que resulte. Sordos a la escucha son los que acostumbran a dar la callada por respuesta a las quejas y planteamientos que formula la ciudadanía en la correspondencia de nuestros periódicos.

Hay que escuchar al parroquiano descontento por un mal servicio, y este a su vez a los responsables sobre la causa de las insuficiencias, en un verdadero diálogo de entendimientos, como el que ejemplifican los delegados del Poder Popular con sus electores, aun con todas sus limitaciones.

Sin oídos atentos nunca sabremos nada, ni de lo humano ni de lo divino, del palpitar más profundo, y mucho menos alcanzaremos a convertir el debate en un ejercicio de construcción.

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