Control zeta

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Adoro competir con mi hijo. Rivalizamos para ver quién tiene la salida más ocurrente, la reacción más rápida, la respuesta más tierna o canallesca con que sellar cualquier discusión. Así crecemos juntos: Jugamos, repasamos sus asignaturas de primaria y las mías de universidad, enfrentamos los quehaceres hogareños y paliamos con humor nuestra cuota natural de malestares, los del cuerpo y también los del alma que siempre rondan por ahí.

Pero todo tiene sus límites… Sin importar la confianza, cada cual es responsable de sus acciones hacia los demás y debe aprender a vivir con sus consecuencias. Eso lo aprendí una tarde, cuando él tenía cuatro años y yo, por eludir sus incisivas cosquillas, le di un pellizco que provocó su llanto, más por la injusticia que por el dolor.

Como es lógico le ofrecí mil disculpas y hasta le prometí la Luna si me daba un beso de desagravio, pero mi pequeño, muy serio, remató el suceso aplicándome uno de sus más recientes hallazgos frente a la computadora: «Mamá, ya cállate, que la vida no tiene Control zeta».

Qué bien nos hace aprender de los errores y madurar con ellos, cómo nos ilumina ser amables, y qué sabroso es que nos traten desde esa humana condición… Pero sin comprender el valor de los límites y practicar su flexibilidad es casi imposible fluir con la vida, deudora del principio de la entropía universal, dueña del equilibrio entre las buenas y las malas escaramuzas, autora del balance final de la decencia que consuela y acuna.

¿Cuántas veces dejamos libre el diablillo de la rabia y hacemos pagar por nuestras frustraciones a gente que no lo merece? ¿Cuántas le negamos una sonrisa telefónica a un desconocido o damos la espalda a quienes nos procuran por andar «hasta el cuello» con nuestros quehaceres?

Luego nos damos cuenta. Luego. Y nos arrepentimos. Pero mi hijo tiene razón: la persona agraviada es la única que puede poner una lápida sobre nuestros errores, si quiere… Una máxima que vendría bien recordar a la hora de juzgar el mal que recibimos, ya sea a propósito o por insensatez.

¡Ah, si la vida fuese un teclado en que pudiéramos dar marcha atrás a esos necios impulsos cotidianos! Pero hasta el momento el único secreto para extraer de cada célula su deterioro espiritual es actuar bien con los demás siempre que podamos, y agradecer los gestos nobles hacia nuestra persona sin poner precio a quienes los practican.

Cuando logramos ser buenos porque sí, por darnos gusto, como Martí pedía a su María Mantilla, sentimos una cosquillita de orgullo que sube del estómago hacia el rostro: un fotón de felicidad energizante que va regando paz por las arterias y «resetea» sin rencor nuestra memoria afectiva, tan llevada y traída en estos cibertiempos.

Solo se privan de esa metamorfosis quienes prefieren medir mucho el paño antes de dar un corte. Gente que pasa por la vida sin saber que pasaron, en la peor versión del poema de Buesa. Almas orgullosas que ni siquiera intentan dar Control zeta a sus errores, tan pobrecitas que a veces solo tienen dinero para comprar aliados, tan ignorantes que desconocen el placentero precio de vivir en bondad para morir sin deudas.

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