Reno asado

Autor:

Luis Luque Álvarez

Una tradición nórdica cuenta que Santa Claus, el viejito barbiblanco vestido de rojo que viaja en un trineo tirado por un par de renos, vive en la aldea finlandesa de Rovaniemi, llegando al Polo Norte, de donde sale a pasear por estos días. Por supuesto, el cuento atrae turistas, y mientras más nieve caiga y más bajen las temperaturas, mejor atmósfera se creará.

Sin embargo, un reporte de AFP da cuenta de que cada vez el invierno tarda más en llegar allí, los lagos no se congelan como deben, y cuando por fin nieva, llueve poco después y derrite la capa blanca. ¡Un chasco!, máxime si esa región, Laponia, recibe del turismo unos 235 millones de euros anuales, el 60 por ciento durante la época invernal…

Ya sabemos, de sobra, cuáles son las razones por las que Santa Claus, cualquier día del futuro previsible, tendrá que recibir a los visitantes en short y con una tabla de surf bajo el brazo, mientras su mujer prepara en casa un asado de reno. Pero fantasías turísticas a un lado, hay quienes en aquellos sitios ya sienten sobre sus hombros la carga del cambio climático, ¡y sí tienen que preocuparse por darles de comer a sus renos!

Son los samis, un pueblo indígena del norte de Europa. Quienes disfrutaron, durante el pasado Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, de la cinta finesa La rebelión de Kautokeino, conocerán parte de su drama original: el de un pueblo nativo, pacífico (dicen que en su lengua no existen las palabras «asesinato» ni «cárcel»), al que los colonizadores noruegos pretendieron imponerles costumbres como el consumo de alcohol, y de paso, robarles su ganado; en fin, pasarles la misma película de despojo que en otros lugares de este planeta, ¡pero con fondo blanco!

Considerados como la población aborigen de la Península Escandinava, los samis son unos 80 000, y están distribuidos entre el norte de Noruega, Finlandia, Suecia y, en menor medida, Rusia. Cuentan con parlamentos propios en los tres primeros países, aunque solo con poder consultivo, no ejecutivo.

Es por eso que, en ocasiones, se han visto a merced de los caprichos de los gobiernos centrales, y han tenido que presentar batalla. En Finlandia, por ejemplo, los bosques en los que pastan sus renos han sido sometidos a la tala indiscriminada. El 70 por ciento de los árboles derribados en la región sami se emplean para papel en Europa, sea para revistas o para usos inevitables (ya sabemos cuál). ¡Y allá van las motosierras!, a acabar con los últimos pinares intactos del Viejo Continente, donde crece el liquen codiciado por los animales de pastoreo.

«La vegetación de los viejos bosques es crucial para los pastores de renos y no debería ser explotada en ningún caso para alimentar fábricas de pasta de papel», dice Pekka Aikio, presidente del Parlamento Sami de Finlandia, citado por Greenpeace. Y esta organización ecologista insiste en que dichas áreas forestales del norte europeo «son un almacén de carbono muy significativo, ya que la materia orgánica se renueva muy lentamente».

Pues bien, la perseverancia de los samis y la ayuda de Greenpeace lograron en octubre pasado que la empresa maderera pública finlandesa Metsähallitus firmara un acuerdo para dejar tranquilitas 35 000 hectáreas boscosas en peligro. ¡Enhorabuena! Los renos pueden rumiar tranquilos por un rato, y también suspiran aliviadas las ardillas voladoras, los osos y otras especies.

Pero las malas noticias gotean más de lo que se quisiera. Rasmus E. Benestad, miembro del Instituto Noruego de Meteorología, observa que las altas temperaturas propician que se formen capas de hielo duro sobre la nieve o dentro de ella, lo que les ocasiona más dificultades a los herbívoros para llegar al alimento. Entre la amenaza del hacha, y la del termómetro al alza (podría haber un aumento de seis grados en el invierno escandinavo en 2050), la flora autóctona sufrirá, la fauna se irá a bolina, y con ella, ese diez por ciento de samis que aún viven de velar sobre sus rebaños y de espantar a los lobos.

Triste, ¿no? Si los pronósticos aciertan, para 2050 la mujer de Santa Claus no hallará, en cientos de kilómetros a la redonda, un reno con el que invitar a un asado, mientras su esposo se da un chapuzón en las cálidas aguas del Ártico.

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