Venga la esperanza - Opinión

Venga la esperanza

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Me salen al paso encabritadas, como belicosos corceles a los que el salto de una a otra frontera del tiempo les espolea por el dominio espiritual del hombre.

El inesperado asalto de estas frases, mientras navego por Internet, antoja como un número «jugable» la víspera de año nuevo, cuando nos tienta la charada del destino. Cábala perfecta en el límite de épocas.

Curiosamente provienen de dos hombres de las antípodas ideológicas continentales, y en sus designios, tremendos aunque contrapuestos, pudiera estar decidiéndose la suerte moral de nuestra especie.

Desde el altar derechista el famoso escritor Mario Vargas Llosa proclama: «La utopía no es realizable. La sociedad perfecta no existe ni va a existir, básicamente porque es imposible que la idea de la sociedad perfecta coincida en dos seres humanos. Varía con cada individuo, cada uno nos la creamos sobre la base de nuestras fantasías particulares, nuestros deseos, nuestra psicología. No se puede universalizar una idea de la felicidad, es cosa de fanáticos».

Desde la izquierda del sagrario parece responderle el no menos célebre Eduardo Galeano: «La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.

Parecería una pelea internáutica, que se decide entre el oleaje de redes digitales, una guerra de las nuevas galaxias cibernéticas; pero en verdad los cubanos, pie en tierra, somos una escuadra especial en la armada de esa contienda.

Ya alguna vez en este mismo espacio apunté que deberíamos advertirnos contra cierto pragmatismo rudimentario que alienta entre nosotros, pese a su lógica por las circunstancias y las carencias que lo alimentan.

La Revolución Cubana, inspiración de tantos idealismos, fundadora de una renovada era de esperanzas —cuando se agotaban sus yacimientos entre la pereza de la burocracia este europea y soviética—, convive también con espinas que aguijonean el entusiasmo de sus sueños.

Entonces advertía que comienza a anidar en algunos la filosofía del dramaturgo estadounidense Arthur Miller, para quien todo idealismo frente a la necesidad es un engaño. O la del psicólogo y psiquiatra austriaco Alfred Adler, quien sostenía que los únicos ideales que vale la pena tener son los que puedes aplicar a la vida diaria...

Y las revoluciones, como apunté en aquel momento, deberían llevar siempre en su yo interno un «Doctor Z». Con el personaje «rubendariano» obtendrían el milagro de inmovilizar el espacio temporal; de no envejecer sino renacer; reverdecer siempre con los ardores invencibles del amor.

En la narración, tras años de infructuosa búsqueda de la verdad por todo el mundo, el personaje comprende que, definitivamente, no es en la ciencia, sino en el amor, donde se halla la respuesta a sus inquietantes dolores. Esa simple verdad la encuentra en una niña que el personaje había dejado de ver 23 años. Sin embargo, permanecía idéntica, el tiempo se había detenido en ella...

Recordemos que el gran misterio del protagonista del cuento de Rubén Darío es sobreponerse al grito desgarrador que lanza en algún momento de la historia:... Los que hoy empezáis a vivir estáis ya muertos, es decir, muertos del alma, sin entusiasmo, sin ideales, canosos por dentro; que no sois sino máscaras de vida, nada más».

Ese triunfo extraordinario sobre la pesadumbre y el desespero asombra y alecciona. Demuestra el valor de la esperanza, esa delicada y sensitiva dama espiritual, a cuya conquista no podemos renunciar porque, como advirtiera el poeta Henry Wadsworth Longfellow, el ocaso de una gran esperanza es como el ocaso del Sol: con ella se extingue el esplendor de nuestra vida.

Lo atestiguan venerables de distintos signos y épocas, cuyas frases sobre el particular, aunque se omita la hidalguía de los nombres, sobrecogen: ...El infierno es esperar sin esperanza… Los vuelos naturales del espíritu humano no van de placer a placer, sino de una esperanza a otra… La esperanza hace que agite el náufrago sus brazos en medio de las aguas, aun cuando no vea tierra por ningún lado… Nunca se da tanto como cuando se dan esperanzas… La esperanza es el sueño del hombre despierto… La esperanza es un estimulante vital muy superior a la suerte… La esperanza es un empréstito que se hace a la felicidad… Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción… Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano… La esperanza es un árbol en flor que se balancea dulcemente al soplo de las ilusiones…

El 2010 deberá seguir siendo en Cuba como aquel amanecer volcánico e iluminador de 1959. Un aire que alimente ese bendito soplo, abono de ese árbol en flor, única forma de alcanzar esa tan explorada y ansiada fuente de la eterna juventud. No olvidemos que el escritor francés Conde de Rivarol nos advertía que «cada dogma tiene su día, pero los ideales son eternos». No por gusto José Martí nos indica que los héroes se suben a los montes para divisar el porvenir.

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