Crecer marcados por la guerra

Autor:

Nyliam Vázquez García

Quienes nacieron hace nueve años en Afganistán no conocen otra cosa que la guerra. Casi la primera década de sus vidas, una de las etapas más vulnerables por la dependencia de los mayores para la subsistencia, ha transcurrido irremediablemente mediada por la inseguridad. No se trata solo de bombas, aunque también explotan a la orilla de los más insospechados caminos, sino de que los más pequeños son las principales víctimas.

No entienden por qué en lugar de jugar o ir a la escuela deben trabajar. Tampoco ese miedo en el aire. Son los huérfanos, los mutilados, los mendigos y los primeros en morir. Según un reciente informe de Afghanistan Rights Monitor (ARM) citado por AFP, más de 1 050 menores de 18 años murieron solo en 2009.

«Al menos tres niños murieron en incidentes relacionados con la guerra cada día en 2009 y otros muchos sufrieron de diversa manera», afirmó Ajmal Samadi, director de ese observatorio de derechos humanos afgano.

Los estremecedores datos de la organización independiente, instalada en Kabul desde 2008, fueron hechos públicos poco después de que las Naciones Unidas certificaron el aumento del índice de víctimas civiles en Afganistán a 10,8 por ciento en los diez primeros meses de 2009.

Aunque ambas instituciones acotaron que la mayoría de las muertes fueron causadas por la resistencia talibán —como si eso cambiara el hecho terrible de morir—, lo cierto es que una generación entera lleva la marca del conflicto que EE.UU. inició en 2001 y parece no tener fin.

Recientemente, el representante especial de la Organización de Naciones Unidas (ONU) para Afganistán, Kai Eide, llamó a la comunidad internacional a respetar la soberanía, las tradiciones y los valores religiosos afganos. Tras casi una década de irrespeto, parece poco probable que sea escuchado. Sin embargo, lo más revelador fue la explicación que dio el funcionario sobre la percepción que tienen los afganos de su país. No es para menos.

Aseguró que sienten que su patria es tratada como si fuera tierra de nadie y no como una nación soberana, y que ello crea tensiones innecesarias y peligrosas entre Afganistán y la comunidad internacional.

La cuestión es que no pueden percibir lo contrario si son tratados justamente así. Sus hijos mueren todos los días y no es por sus visiones de país, sino por una guerra que no pidieron y que, para colmo, no les ha resuelto ninguno de sus problemas. Ha creado otros: pobreza generalizada, muerte, más opio en los campos que debieran estar sembrados de comida, más uniformados extranjeros, más violencia.

Al cabo de tantos años, en medio del empantanamiento de Washington y sus aliados allí y del refuerzo de las tropas en nombre de una «paz» que no llega, regidos por un gobierno fraudulento, los afganos siguen sin encontrar la pretendida salvación en esa realidad. En tierra de nadie —para más señas arrasada—, donde los millones donados por otros países se quedan en manos de unos pocos, el futuro es incierto.

Tienen problemas más urgentes: los adultos, buscar comida para los suyos, intentar que crezcan esos hijos a quienes se les niega la existencia. Los pequeños, arrancarle sonrisas a los sinsabores, vivir, crecer, entender… reconstruir, si salen ilesos de esa batalla.

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