Todos los aromas del amor

Autor:

Osviel Castro Medel

No necesita ella una oda en este enero, 30 años después de haber partido a la sobrevida. Pero las criaturas que curan los almendros y descongelan los pantanos siempre saltan a la luz llenas de alabanzas y epítetos.

Es por eso que ahora, en la evocación, Celia Esther de los Desamparados Sánchez Manduley —la que se fue físicamente aquel plomizo 11 de enero— nos llega como la amiga del caracol salvaje de la playa, como la enamorada de los aromas y los enigmas rurales de su Media Luna.

En todo tiempo fue así; desde los estíos en que recolectaba bibijaguas y las lanzaba al bolsillo de un varón pretencioso; desde la época en que, junto a las hermanitas, en la casona de madera, acostaba a la niña de un año en una tabla de planchar.

En toda edad se atrevió a cruzar líneas vedadas: desde aquella escena de los cuatro años cuando se tragó «un vidrio» y lo vomitó por la pericia médica de su progenitor; desde que persiguió a un zepelín mientras otros pequeños se horrorizaban con tal aparición celestial; desde la era de los disfraces de fantasmas para asustar a otros y de los galopes veloces a caballo en tierras rodeadas de cañaverales.

En toda fecha edificó lo increíble: cuando salvó a los dispersos de un naufragio guerrillero en un diciembre duro; cuando se clavó mil espinas de un marabuzal para esconderse de una persecución leonina, cuando junto a su padre, en el Año del Centenario, subió el rostro de Martí al Turquino; cuando se convirtió en la primera de ropa verde olivo en toda la Sierra Maestra.

Le alcanzaron 59 años y medio para erigirse mito, un mito humano que conoció el fracaso amoroso en la juventud; hacía caligrafías embrolladas en los exámenes, fumaba sin parar aún sabiendo que a poco se extinguía.

Pero esta leyenda terrenal de la Flor nace, sobre todo, de esa conducta llana que detestaba creerse cosas y caminar por los aires. Nace de su esencia humana, que la hacía tener siempre horas para los detalles, para dejarse robar por los paisajes, para la llamada en la madrugada, el papelito doblado en la camisa, los humildes hijos adoptivos salvados del olvido.

Hoy, recordamos a esa mujer diputada, guerrillera, bastón del campesino, verdad de un pequeñuelo, secreto del Estado, cuerda de un violín.

Ahora, en la remembranza, este ser humano —que no «fue la sombra de Fidel, sino la luz para Fidel», como dijera Eusebio Leal—, viene a recalcarnos cuánto vale la cuna en las personas; porque sin las lecciones de su cespediano y martiano padre, Manuel Sánchez, Celia probablemente no hubiera podido tejer esa novela cierta, de patria y amores.

Este domingo, en la recordación, ella, a quien le dolía la mínima herida de una palma o la fractura de un helecho, llega para demostrarnos que nos hacen falta más personas que obren como Flor y no como Ortiga. Llega sin vanaglorias, sin mirar por encima del hombro a un semejante, sin túnicas etéreas. Llega simplemente como capullo, gaviota o, simplemente...Celia.

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