Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

La vacuna infalible

Autor:

René Tamayo León

Rayando las nueve de la mañana de ayer (hora de Cuba), 13 892 personas habían muerto en el mundo víctimas de la influenza A (H1N1). Son cifras oficiales. Solo cifras oficiales. De seguro hay más. Muchísimas más. En apenas cinco días —entre este reporte y el anterior—, se notificaron 417 nuevos fallecidos; o sea, casi 84 cadáveres por día.

De las 192 naciones y territorios afectados por la pandemia (o sea, el mismo número de países que pertenecen a la ONU), 137 tienen ya sus listas luctuosas. Y parece que no amainarán: ni en muertos, ni en países. La epidemia continúa, incluida nuevas mutaciones del virus. La región de las Américas es la más mortal.

El embarazo, la obesidad, el asma y un sistema inmunológico debilitado siguen estando entre los más conocidos factores de riesgo. Los niños menores de cinco años de edad, en especial los que no rebasan los dos años, y los enfermos crónicos, también muestran una alta vulnerabilidad para contraer la enfermedad en su forma más grave o mortal.

Tampoco escapan los jóvenes. En episodios anteriores, la gripe era un mal menor para ellos, salvo contados casos. Ya no es así. En EE.UU., por ejemplo, se está reportando un peligroso patrón de infecciones bacterianas graves en pacientes que inicialmente fueron afectados por el virus, sobre todo en adultos jóvenes.

De la fortaleza de los sistemas sanitarios en cada país, depende mucho la evolución de los enfermos y su supervivencia. La salud pública cubana es de las mejores en el mundo.

La confianza de los ciudadanos en la calidad profesional de sus médicos y demás personal del MINSAP, la fe en los investigadores e instituciones científicas, y, sobre todo, la seguridad de que el Estado con toda su estructura no reparará en esfuerzos ante la pandemia, puede dar la impresión de que «ellos» nos mantendrán a salvo, de que «a mí no me va a tocar».

El esmerado y eficiente mecanismo que implementa nuestro país ante situaciones de desastres naturales y emergencias como esta —de índole sanitaria—, a veces lleva a los cubanos a tener una baja percepción de riesgo. Pero en la confianza está el peligro.

Frente a la influenza A (H1N1) es fundamental la responsabilidad individual y colectiva. No solo podemos ser la próxima víctima, sino también el más cercano victimario de alguien que pasa o hasta de nuestros propios seres queridos.

El nuevo virus que asola al mundo se transmite de persona a persona, a través de microgotas de saliva o secreciones nasales que se expelen al hablar, toser o estornudar, las que pueden quedar en las manos, en superficies cercanas o suspendidas en locales cerrados hasta varios días. Usted puede portarlo o contraerlo al palparse la nariz o la boca tras manipular superficies en las que se hayan depositado fluidos de gente infectada.

El virus A (H1N1) puede ser ese visitante indeseado, a veces mortal, al que nosotros mismos le abrimos la puerta de casa, de la escuela, del centro de trabajo, de la bodega, del vecino.

Desde los primeros días en que el mundo fue sorprendido por la aparición de una nueva gripe pandémica (ocurren cada 30-40 años), Cuba comenzó a adoptar las medidas para reducir los riesgos, las cuales se adaptan y desarrollan constantemente.

El sistema de salud pública y los centros de investigación científica también cuentan con los medicamentos y las tecnologías para atender a los enfermos, y estudiar la evolución de la epidemia.

En las últimas semanas, además, se desplegó una campaña de inmunización contra el virus estacional, que no protege contra el pandémico, pero es muy efectiva frente a varias cepas de gripe que circulan hoy en el país.

Y en las próximas semanas deberán llegar a territorio nacional los primeros lotes de vacunas contra la influenza A (H1N1).

¡Está muy bien! ¡Menos mal! Pero eso solo no basta. El virus de la gripe pandémica se contrarresta en primer lugar en el interior de la sociedad, en la conducta responsable que mantengamos todos, como individuos y grupos.

En la higiene personal y colectiva está la clave: el lavado frecuente de las manos, taparse la boca al toser o estornudar de forma correcta, mantener higienizados los objetos y el entorno cercano. Esa es la vacuna infalible. Ya la tenemos a mano.

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