Se fue la dueña de un secreto

Autor:

Marianela Martín González

Miep Gies, la mujer que tendió su mano en momentos límites a Ana Frank y a la familia de esta niña judía, murió el lunes último, casi a punto de cumplir 101 años.

Para salvar a la familia judía, Gies acomodó un escondite en el traspatio de su casa, en Amsterdam, donde evadieron durante algún tiempo las quijadas nazis ocho personas inocentes, de las cuales solo escapó con vida el padre de Ana.

Pero a esta anciana que acabó de partir, sin que el genocidio haya terminado todavía, le debemos no solo aquella intensa punzada de amor por quienes huían de las hordas hitlerianas. Los apuntes que Ana Frank escribió en su diario, entre el 12 de junio de 1942 y el 1ro. de agosto de 1944, los conocemos gracias a la prudencia y discreción de esta mujer.

Desde el escondrijo concebido por Gies, Ana dejó para la humanidad un montón de cotidianidades que la hacen ser como cualquier muchacha de cualquier tiempo. Supimos de su comunión con un árbol, y el juramento que le hizo al diario que la acompañó, al cual consideraba su mejor amigo.

Cuando la descubrieron y confinaron en un campo de concentración, donde el tifus se adelantó a la cámara de gas que tal vez, como a los de su estirpe, la ultimaría, Miep Gies encontró aquellos textos íntimos y esperó que acabara la guerra para ponerlos en manos seguras: las de Otto Frank, el progenitor de la muchacha.

Como la verdadera joya que es, el diario fue custodiado por esta mujer, consciente de que aquellas confesiones febriles de so-ledades, y donde se nos devela una niña preocupada por la ligereza humana, no podía parar en manos insensibles.

Miep Gies quiso que supiéramos que Ana sufrió como no deberían sufrir jamás los niños, pero como para ecualizar el dolor también nos llegaron las páginas donde la muchachita centellea por las congratulaciones el día de su cumpleaños. Por la agudeza de esta anciana que una vez le dijo a la prensa: «No soy ninguna heroína (…) Hice solo lo que pude para ayudar», no nos perdimos detalles del 12 de junio de 1942, cuando le regalaron a la jovencita por su onomástico dulces, rompecabezas y los Cuentos y leyendas de los Países Bajos, escritos por Joseph Cohen.

«¡Ahora ya puedo comprar Los Mitos de Grecia y Roma! ¡Estupendo!», escribió Ana a los pocos días de la celebración, aludiendo al dinero que los amigos le regalaron esa vez.

Miep Gies fue un puente entre la humanidad y la adolescente malograda a los 16 años en los campos de concentración nazis. Su pericia posibilitó que la primera edición del Diario de Ana Frank se publicara en 1947 en holandés con el título Het Achterhuis. Desde entonces se ha traducido a más de 70 idiomas.

La tesorera de uno de los libros más leídos se marchó de un mundo que ha olvidado la crueldad de la svástica y el dolor de quienes llevaban como estigma una estrella del color del sol.

Este miércoles el mundo amaneció con la noticia de que el número de bajas civiles en Afganistán aumentó un 14 por ciento, con más de 2 400 muertos en 2009, el año más mortífero en los ocho de conflicto. Para los fabricantes de la guerra se trata de una estadística más. Miep Gies, donde esté, tal vez le dé la razón a Voltaire: «La civilización no suprime la barbarie, la perfecciona».

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