De golpe en golpe

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Castigada hoy —¡otra vez!— por la naturaleza, Haití ha sufrido un sismo cuyas grietas se ceban en las secuelas de los remezones —también políticos— que han caracterizado su historia. La desidia o la confabulación culposa de muchos de los organismos y países ricos que ahora le tienden la mano atizaron las penurias de un país víctima de su injerencia y saqueo, y que nació a la vida republicana atado por la deuda del dinero con que pagó la independencia a Francia, incrementada luego por el derroche de los Duvalier y, más tarde, por los préstamos condicionados que han marcado el desempeño haitiano.

Ese ha sido el verdadero «diablo» —y no el agitado por un predicador fanático y cazatontos de la televisión estadounidense— que habría sellado el «pacto» de desgracias sobre Haití. El terremoto es apenas la más reciente perla colocada en una diadema de desgracias.

La secular miseria que ha hecho hablar de niños a quienes el cabello se tornó anaranjado por la mala nutrición, mientras familias enteras engañan los estómagos con galletas hechas de arcilla apisonada, está en el trasfondo de la crisis y torna más negras las consecuencias de un sismo que en cualquier otro lugar se habría sentido igual. Solo que en Haití, la falta de todo redobla su impacto.

Veinticuatro horas después del temblor terrible, aun al atribulado presidente René Preval le resultaba imposible calcular las víctimas. Muchas de ellas, quizá, no tuvieran sus nombres recogidos en registros civiles. Probablemente, entonces, tampoco se llegue a establecer la identidad de todos los que aún permanecerán bajo los escombros —si tenían una vivienda decorosa— o atrapados entre los maderos de sus precarias chozas destruidas. El 80 por ciento de los haitianos vivía ya en la pobreza, y para inmensas comunidades era pan de cada día la falta de agua potable y de electricidad. Ahora, los sobrevivientes que aguardan ayuda en las calles muestran, más que calma, el estoicismo que les ha dado la habitual larga espera.

Muchos, quizá, estuvieran entre los miles que salieron del mutismo impuesto por la masacre de 30 años de los paramilitares Tonton Macoutes y la dinastía duvalierista (Papá y Baby Doc), cuando el entonces cura salesiano Jean-Bertrand Aristide, primer reivindicador de Haití en los tiempos recientes, fue despojado de su sotana por la Iglesia y llevado en andas por las masas al poder, en 1991. La fuerza de la movilización espontánea en torno a su figura fue tal que le denominaron «lavalás»: una avalancha que colmó las esperanzas de nueva vida de los haitianos. Mas un año después se desvanecían esas expectativas. Titid, como le llamaban cariñosamente, fue depuesto por un golpe militar propinado por antiguos cabecillas del duvaliemo, que mientras sirvió, fue arropado por las potencias.

Acogido en EE.UU. por la administración de Bill Clinton, Aristide volvió al poder tres años después, pero con la triste escolta de cientos de militares estadounidenses, y para un quehacer marcado por las condiciones impuestas a su restauración. De vuelta a la presidencia en 2000, sería nuevamente expulsado en 2004 en circunstancias internas oscuras, que algunos aseguran fue manipulada desde afuera. Es solo uno de los capítulos que ilustra el motivo muy terrenal de desencantos y penurias.

En el trasfondo de una inestabilidad política que muchos atribuyen al descalabro social de un país marcado por el analfabetismo y la ausencia de servicios elementales, ha estado siempre la mano imperial y, sobre todo, la falta de esa ayuda consciente que Haití ha necesitado para echar a andar, más allá del auxilio cada vez que asola un recurrente ciclón… o cuando literalmente la tierra se abre bajo los pies, como ahora. Casi nada puede hablarse de desinteresada colaboración, con la excepción de la brindada en los últimos tiempos por el ALBA y, concretamente, por Venezuela y Cuba.

Paliativos recientes, como la denominada iniciativa para la reducción de la deuda externa, ni son justos ni suficientes, aunque los reportes de los organismos internacionales digan que la economía mejora. La diferencia entre el Producto Interno Bruto y el coeficiente de la deuda externa todavía es casi de 20 por ciento, y Haití paga aún 48 millones de dólares anuales por el servicio de sus débitos. Es dinero que podría estarse invirtiendo en fomentar una economía propia. Casi la principal fuente de ingresos depende de las donaciones y de las remesas, mientras su mercado permanece abierto a las importaciones.

En ese contexto resalta que pese a todo, países como Alemania y Suecia ofrezcan apenas ¡dos millones de euros! para enfrentar las secuelas del sismo, y llama mucho la atención que EE.UU., en pleno despliegue militar y búsqueda de nuevos enclaves en Latinoamérica y el Caribe, haya despachado hacia Haití ingenieros y denominados técnicos en comunicaciones… junto a unos 2 000 marines, un portaviones nuclear y fragatas, enviadas por el Comando Sur. No será, exactamente, para un exorcismo que libere a los haitianos de ese macabro pacto que no pidieron al diablo.

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