¿Obvio?

Autor:

Nelson García Santos

Si, de súbito, desaparecieran todas las cuestiones obvias que jamás debían ocurrir —y sin que para ello tengamos que invertir ni un centavito—, la existencia sería más grata, con más calidad de vida, desprovista de esos sinsabores cotidianos a los que nos enfrentamos.

A muchos tropezones y males, enraizados en la sociedad, los robustece ese protagonismo descomunal del absurdo que acontece cotidianamente. Lo peor tampoco radica en que suceda —cualquiera comete un error o varios, y somos benevolentes por esencia—, sino en que el disparate sobrevive y se generaliza sin necesidad de un foro ni campaña publicitaria alguna. Se expande como el polvo con la ventolera, y contagia.

Situaciones dañinas que nunca debían ocurrir porque resultan obvias y elementales, se afincan mucho más en una conducta sospechosa —enmascarada de bonachona y buena gente— que en la ignorancia.

Para colmo hay quienes se ponen a filosofar para encontrar una solución a un problema cuya raíz está, precisamente, en dejar que acontezca lo inadmisible hasta para el entendimiento más primario.

Por eso seguimos chocando con la misma piedra, y los desatinos archiconocidos se repiten y repiten en una sucesión que desnuda incoherencias entre la norma y su cumplimiento.

Resulta obvio que si detectan un producto adulterado lo retiren de la comercialización. Sin embargo, a veces, la fórmula que aplican consiste en imponer una multa a los vendedores y si aquel está apto para el consumo continúa su venta al precio original, a pesar de que su calidad mermó. Lo lógico sería que se decomise o, al menos, que se le baje el precio, la empresa asuma la pérdida y el responsable responda por ello.

Hay otros desaguisados increíbles: ahora mismo en el mercado en CUC se comercializa un conjunto de productos que hay que comprar por paquetes: velas, pilas, estropajitos para fregar… y por ahí para allá… ¿Y qué ocurre si usted quiere una sola unidad? ¿Tiene que ir al revendedor?

¿Acaso no resulta obvio que la variedad de ofertas y precios en el mercado cumple la función natural de ofrecer oportunidad a los de mayores posibilidades económicas y a los de menores ingresos? Pareciera que no.

Elemental es que si para colocar una tubería alguien rompe una calle, debe componerla de inmediato. Pero ahí se queda el hueco tiempo y más tiempo. O que en un establecimiento de servicios al público haya dinero en menudo. O que las mercancías deben tener una calidad en correspondencia con su precio.

Obvio. La función primera de un administrador reside en controlar, pero muchos resultan los últimos que se enteran de los desmanes delante y detrás de los mostradores. Porque son los inspectores, los de afuera, los que detectan el salidero en especies o pesos. Ahí están como muestras irrefutables las verificaciones fiscales.

¿Por qué se siguen tirando las viandas y la frutas durante la carga y descarga en carretas o camiones y en los propios centros comercializadores? Elemental que se dañan.

Podría recurrir a muchos más ejemplos que revelan cómo prevalecen esas situaciones increíbles, a pesar de que mucha gente devenga un salario y no, lógicamente, para dejar señorear el desliz obvio.

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