45 minutos

Autor:

Luis Luque Álvarez

Que Saddam Hussein tenía la malévola intención de lanzarle un misil a Londres ¡en un santiamén! era pan comido en Downing Street número 10 (sede del gobierno británico), en aquellos peligrosos días iniciales de 2003. La «evidencia» era abultada, y al primer ministro de entonces, Tony Blair, no le temblaría la voz para llamar a la guerra.

Solo 45 minutos, según las «pruebas», bastarían para que desde Bagdad llegara un cohetazo que convirtiera en chatarra la maquinaria del Big Ben. Por eso, había que acompañar a George W. Bush en la invasión, aunque una vez sobre el terreno, ya sin nadie que «obstruyera» el trabajo de los inspectores, las terribles armas jamás aparecieron.

Aun así, Blair sigue en sus trece: «La decisión que tomé, y francamente tomaría otra vez, fue que si había alguna posibilidad de que él (Saddam) pudiera desarrollar armas de destrucción masiva, debíamos detenerlo. Ese fue mi punto de vista entonces y es mi punto de vista ahora».

Se lo acaba de decir a una comisión británica que investiga si la guerra fue legal (a estas alturas, cualquiera se come las uñas por saber si finalmente fue legal), e insiste en que no hubo acuerdo previo con Bush para que el conflicto se desatara de todas maneras, cooperara Iraq o no. Extraño, ¿eh?, porque, como se conoce, nada más caer la segunda de las dos torres neoyorquinas, en aquel fatídico 2001, el de la Casa Blanca le soltó a un subordinado: «Averíguame si Saddam tiene algo que ver con esto». O sea, que ya lo tenía en remojo. ¿Y el mejor aliado de Washington estaría al margen de por dónde iba la cosa? ¡Pst!

En cuanto a los «45 minutos», apuntó que hubiera sido mejor «corregir los titulares» en aquel momento, porque él había querido referirse no a los «misiles», sino a que Bagdad podía alistar su ejército en 45 minutos para atacar. Supongo que el público agradezca a Blair esta oportuna aclaración…, mmm, siete años después, así como su fantasía para hacer creer que las tropas iraquíes, tras 12 años de sanciones internacionales, pudieran haber lanzado aunque fuera una piedra hacia un sitio tan lejano.

Otro que brindó declaración días atrás, fue el otrora canciller de Blair, Jack Straw. Para él, invadir a Iraq fue «la decisión más difícil de mi vida», y haber agitado el fantasma de los 45 minutos fue, en su opinión, «un error que nos ha ocasionado problemas desde entonces».

Pero Straw quiere salvar la honrilla, y explica que el objetivo británico con la invasión era «desarmar» a Iraq, no derrocar a su gobierno, pues esto último era «impropio, y evidentemente ilegal». ¡Como si Guillermo Tell, en vez de dispararle una flecha a la manzana, pudiera lanzarle una granada y, aun así, pretendiera que el hijo conservara la cabeza sobre los hombros!

Además, el ultimátum dado por W. Bush la noche anterior al inicio de la guerra fue muy claro: o Saddam y su familia se exiliaban hacia otro país árabe y dejaban entrar mansamente a las tropas ocupantes, o de inmediato comenzarían las hostilidades. ¿No significaba eso derrocar al gobierno? ¿Por qué entonces Londres se fue a la guerra, como Mambrú, si el cambio de régimen no era su propósito?

La comisión investigadora sigue su trabajo, y ya hablarán otros. «No es un juicio», advierten. ¡Pero vamos! La aclaración sobra. ¿O alguien pensó que Blair iría a parar siquiera ¡45 segundos! a una comisaría por mentiroso…?

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