Extraño dorado

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Deberíamos medir con más frecuencia lo corrosivo de dibujar ciertos espacios de nuestra existencia como una réplica de El Dorado, un lugar de la imaginación en el que no hay cabida a la opacidad, donde todo se pavimenta sobre el brillo, el esplendor.

Esa especie de Alien creció peligrosamente entre algunos, y puede resultar muy riesgoso para esencias prometedoras del país, pues la rara criatura tiene apetitos de deslumbramiento y alma de pasarela.

Mirado con cierta ingenuidad, es tal vez un reino de los sueños, un dominio de la aspiración, intransigente ante la aspereza de ciertas realidades. Y hay que cuidarse de él, porque crecido como un mito, puede llevar a ahogarse en sus confines, como aquel surgido de las selvas colombianas en época de colonización.

Lo más triste es que ese reino ancla muchas veces entre insaciables turbulencias, silenciadas sobre informes de indiferencia o riesgosas simulaciones.

En no pocos casos termina por levantar una delicada geografía de la doble moral, o una brecha por donde se nos escapa la comprensión de no pocos fenómenos; o termina en una escabrosa región social y espiritual donde se esfuman la transparencia, la limpieza, la ética.

Alguna de sus repercusiones las padecíamos en esta redacción hace pocos días. Desde la dirección del diario orientábamos a algunos corresponsales escribir reportajes sobre la inusitada complicación epidemiológica de una zona del país. Pero por más que convencíamos al reportero de que no fabulábamos sobre semejante asunto, se mostraba desconcertado. Autoridades sanitarias locales afirmaban que todo estaba bajo control, y que allí no había nada de lo cual preocuparse.

Solo con el correr de los días descubriríamos, en agudos materiales, lo imprudente del silencio y la calma a que se nos convidaba en un tema en el que se juega, incluso, la vida de las personas.

Incidentes como el anterior, y otros que en ocasiones escapan a la mirada pública, expresan cuán importante es un sentido de la ética cimentado sobre la decorosa verdad martiana. Aconsejan que esta debe empuñarse en nuestra actuación como al machete simbólico de Máximo Gómez, ese que cada año se pone en manos de intelectuales cubanos. Porque para los revolucionarios no es admisible dorar píldoras, dibujar mundos rosa, o hermosas fachadas. A las actitudes como esas debería esperarles un afiladísimo e implacable sable como el del Generalísimo, porque la falsedad puede derivar en un dragón de mil cabezas.

Esa es una lección martiana que nos queda a los revolucionarios de todas las épocas. La Cuba por la que combatió está ahora, como antes, al filo de una disyuntiva espiritual y cultural conmovedora: entre la verdad y los demonios que la acosan, lo mismo desde dentro que desde el exterior de la nación.

Tal vez por ello, como en una de las leyendas de El Dorado, haría falta sepultar en algún fondo místico esa extraña carga de oro y brillo con la que algunos adornan sus responsabilidades o la vida. Para que en Cuba nunca más haya que descabezar con un sablazo a la simulación, la hipocresía o la mentira.

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