La batalla no terminó

Autor:

Osviel Castro Medel

¿Cuántos, a nuestro alrededor, viven sin ideas? ¿Cuántos andan el mundo por inercia? ¿Y cuántos se contagiaron de un pragmatismo enfermizo, que restringe las funciones esenciales de la sustancia gris?

Tales preguntas pudieran parecer, a estas alturas, piedras dislocadas, lanzadas sin tino y a destiempo. Sin embargo, al responderlas, cualquiera conseguirá aterrizar en las complejidades de una nación colmada de desafíos extraordinarios y que, pese a eso, no renuncia a sus ideas.

Si Cuba está de pie hoy es, precisamente, porque no ha arriado sus mejores estandartes ideológicos, los mismos que estimularon un asalto glorioso en el centenario del Apóstol, los mismos por los que un puñado de hombres multiplicó doctrinas para lograr la utopía del triunfo en un enero de Sol.

Pero no seríamos objetivos si afirmáramos ahora que esas ideas laten en cada compatriota de cualquier edad y profesión, si pensáramos que no es preciso ya seguir batallando por sembrar conciencia en centenares de personas, especialmente en aquellas que sostendrán este proyecto social en el futuro.

Seríamos, también, bastante insensatos al creer que eso que un día llamamos con todo fundamento Batalla de Ideas acabó, porque determinados proyectos concluyeron o se pospusieron por razones de prudencia.

Tal pelea —infinita— debería ser hoy más original que nunca, más inteligente que en cualquier otro tiempo, desprovista de clichés, de frases hechas o de aquel consignismo que en otra época pudo sacudir mentes, pero que ya no persuade ni conquista corazones.

Hace ya 35 años, en uno de sus sabios discursos, Fidel nos alertó que ninguna idea triunfa de la nada, con la facilidad con que se dispara una palabra. «Hay que pensarla bien, hay que predicarla, hay que defenderla, hay que persuadir a mucha gente y entonces al final la idea triunfa», decía.

Y 22 años después, en la clausura del V Congreso del Partido nos subrayó que no basta con el trabajo constante de los medios de comunicación, los mítines políticos, las conferencias o las reuniones. Que se debe trabajar con los ciudadanos en concreto, uno a uno.

Por eso, hoy no podemos persuadir a un escolar con la reiteración ingenua. Siempre existirán argumentos para demostrar la pudrición del sistema capitalista, pero jamás han de ser vanos o ridículos.

La batalla entonces pasa por los terrenos de pupitres y pizarras, por los mismos terrenos en los que cedimos, sin querer, algunos metros y todavía nos quedan miles de kilómetros por recorrer.

La batalla pasa, irremediablemente, por las «realizaciones concretas», de las que habló Fidel. Pasa por la emancipación total de las personas, que no pueden sentirse como marionetas sin espada en ese combate decisivo para la nación y sus gentes.

La batalla se concreta, entre otros, en los predios de la paz, la igualdad y la justicia. Si falla en esos dominios empezaremos a perderla y nosotros queremos, con Martí, ¡ganarla!

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