El dilema del sheriff

Autor:

Luis Luque Álvarez

TÍPICA imagen de las películas del Oeste: la de un cartel con el rostro de un villano, y al pie, el precio de la recompensa por su captura, o al menos por cualquier información sobre él. Luego, cuando por fin lo atrapan y el sheriff lo pone a oscilar como un péndulo, el delator recibe su paga.

El criminal, ciertamente, fue castigado, pero la ética del informante —que a veces es uno de su misma banda, y tal vez de peor ralea— queda en entredicho. La pregunta es: ¿Habría de privarse la justicia de usar su testimonio interesado?

Algo así está sucediendo en Alemania hoy. Un «listo» se ha robado un disco con los datos de unos 1 500 evasores de impuestos, que le han birlado unos 100 millones de euros al Estado alemán. ¿Qué pretende con ese material? Pues vendérselo al gobierno por unos 2,5 millones de euros.

Y ahí está el problema: en que en Berlín, en la propia bancada del mayor partido gubernamental —la de la Unión Cristiano-Demócrata (CDU)— no se ponen de acuerdo. Para la canciller federal Angela Merkel, el asunto sería cuestión de minutos: «Como cualquier persona sensata, estoy a favor de la represión del fraude fiscal, y con este objetivo hay que hacer todo para obtener esos datos», explica. Pero para el jefe de la CDU en el Bundestag (Parlamento), Volker Kauder, hay ciertos escrúpulos: «Un robo es un robo, y el Estado no debe tratar con ladrones».

En ese sentido, es muy cierto lo que dice Herr Kauder, sin embargo, ¿de qué otra forma, en el presente, se podrían recuperar esos 100 millones de euros y dar con los culpables…?

No sería, por cierto, la primera vez. Ya en 2008, por medios parecidos, Alemania recuperó 180 millones de euros de cuentas escondidas en el diminuto principado de Liechtenstein, y cayeron «pejes gordos», incluido el ex jefe del servicio postal germano, Klaus Zumwinkel, quien había pasado bajo el tapete unos diez «milloncitos» de euros sin tener que pagar nada por ese ingreso.

El empujón para estos traspasos es la promesa del tan llevado y traído secreto bancario, que hace de Suiza uno de los lugares más atractivos, —además de para ir a comprar quesos y relojes—, para enviar el dinerito, «jugándoles cabeza» a las autoridades financieras nacionales. El hermetismo vende, se ve.

Es una buena noticia para los evasores de impuestos que el secreto bancario no se levanta en el país de Guillermo Tell ni porque un gobierno extranjero lo exija, pues de hecho, ¡la evasión fiscal no se considera delito allí! Por ahí vendrán, previsiblemente, las malas caras desde la frontera norte, es decir, desde Alemania, porque el ministro de Finanzas del país helvético, Hans Rudolf Merz, dijo que Suiza no colaboraría «sobre la base de datos robados», y que él, en lo personal, no responderá a «ninguna petición de colaboración administrativa» de su colega germano, Wolfgang Schäuble.

¡Enhorabuena entonces para los delincuentes de cuello y corbata!, cuyas espaldas quedan aseguradas por la «profesionalidad» de la banca suiza. Basta ahora saber si, dejados a un lado los remilgos, Berlín se hace de esos datos —es lo que le pide el 57 por ciento de los contribuyentes—, y trata de que, en una futura ocasión, no sea un ladrón, sino su propio sistema de vigilancia, el que evite o ataje el desfalco.

O el sheriff volverá a estar a merced de la buena voluntad de un bandido delator…

 

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