Salvémonos todos

Autor:

Hugo Rius

JUNTO al espanto y al dolor lacerante, las tragedias inconmensurables dejan sustanciosas lecciones que trascienden fronteras y se instalan en nuestras realidades más próximas. Se reafirma al conocer de la bendita desesperación de los médicos cubanos por salvar todas las vidas posibles y curar heridas ante la avalancha de víctimas del sismo en la hermana Haití, en un esfuerzo sin tregua que arrastra a otros con pasaportes borrados en ejemplar batalla solidaria, mancomunada.

Nuestros compañeros de profesión, como enviados especiales han conseguido captar con la sensibilidad que de ellos se espera el afán de ese ejército de batas blancas por salvar a todos, un propósito firme llamado a que, de paso, cada cual confronte sin excusa la salud de la espiritualidad y los valores, donde los cataclismos dejan por igual efectos devastadores.

Cómo aceptar y permitir entonces que prolifere la cínica pragmática del «sálvese quien pueda» que contamina el cuerpo de la sociedad en el intento de legitimar el egoísmo feroz, abierto o solapado, manifestado en la búsqueda del beneficio personal a toda costa, aunque para ello haya que transformarse en virtuales aves de rapiña de los recursos que las instituciones del Estado destinan dentro de sus conocidos límites a la producción de bienes, al servicio de la población, al desarrollo futuro.

Semejante autofagia social, de imprevisibles consecuencias, bajo el odioso rótulo de «lo está luchando», con que a su vez se denigra el alcance ético de ese verbo, y que con frecuencia se tolera casi con sonrisa cómplice, justificativa, nos retrasa, desintegra y atiza el caos. Puede ser hasta capaz de poner en peligro de muerte a seres humanos vulnerables. Ya lo hizo.

Quienes sustraen lo que se dispuso para un enfermo recluido o herramientas para la enseñanza escolar portan cuchillo para sus propios cuellos, porque ¿quién le garantiza que nunca un familiar suyo tendrá que pasar por un centro asistencial o una escuela? De igual modo quienes acechan hoy la ocasión de la apropiación convenida para conectarse a redes especulativas siembran la escasez de mañana. Tal vez no sean delincuentes en la propia extensión de la palabra, pero comienzan a picar cerca, gracias muchas veces a la negligencia, y el dejar hacer con la «vista gorda» de encargados del control y el orden.

Si leemos y miramos con profundidad lo que los medios informativos transmiten sobre Haití, no resiste la más tenue comparación con nuestra ardua realidad, por muchas legítimas razones que se puedan tener para enmendar, reformular, superar insuficiencias, pero siempre en el espíritu de salvarnos todos.

A nadie le ha faltado pan, saber, solidaridad frente a los desastres y mucho menos dignidad nacional, y con todo ello bien en alto, permitamos que las lecciones de Haití movilicen lo mejor de todos nosotros, sacudan conciencias en siesta.

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