Corta, pega y dale

Autor:

Osviel Castro Medel

No vengo a reprobar o desacreditar ahora las nuevas tecnologías, mucho menos a la computadora, gran salvadora en esta era de apuros.

Quiero, simplemente, discurrir sobre esa maña humana del presente, que consiste en dar tijeretazos informáticos para después pegar en distintos materiales —impresos o no—, los párrafos textuales que alguien edificó alguna vez con trabajo y con tiempo.

A cualquiera pudiera parecerle una rutina de la modernidad o «algo inevitable»; pero en esa tendencia ¿obligatoria? subyacen algunos riesgos, dignos de tomarse en cuenta.

¿Cuánto aprenderá, por ejemplo, el escolar cuyo padre (o amigo del padre) cortó a última hora de Internet o de un texto digital, para el trabajo evaluativo extraclase, una disertación sobre el cambio climático o sobre la dureza del carapacho de la jicotea? ¿Qué espacio quedará para que ese pequeño desarrolle su creatividad y su independencia académica?

No suscribo que sea un hábito generalizado; pero tampoco resulta excepcional ver hoy, en distintas edades, el «corta y pega» como símbolo de rápido elevador que evita los peldaños trabajosos de alguna escalera.

Claro, tal facilismo está diseminado en otros terrenos, acaso más riesgosos. Lo digo por ciertos informes que, con toda seriedad, son leídos en reuniones anchurosas o estrechas por personajes contagiados con esa «cola loca informática».

Ellos han llegado a tomar la reseña del año anterior para vaciarla casi íntegra en el documento del presente, de la cual solo quitaron la fecha, dos o tres números y quizá alguna coma. Mantuvieron, por supuesto, en el informe, los gerundios («superando lo logrado en igual etapa del año anterior», «dando cumplimiento a lo orientado»), las frases agradables al oído («se aprecia una ligera pero sostenida tendencia a la hermosura») y los porcentajes.

Ese corta y pega también se ha enquistado, como alertaba una dirigente juvenil hace unos días, en las evaluaciones de algunos muchachos, incapaces de autoseñalarse una mácula o de hablar con valentía de las manchas de otros de su entorno. «Da la impresión, al leerlas, de que todo el mundo es igual de bueno, magnífico», decía ella.

Y la vida es de matices; los seres humanos no son duplicados ni calcos que siguen la misma hoja de ruta. Por eso, cuando se oye idéntica música en las semblanzas de todas y cada una de las personas evaluadas en público, surgen dudas y suspicacias.

Pero tal vez el peor «corta y pega» de la modernidad sea ese ligado a la verborrea, ajeno a las computadoras, rayano en el engaño. Ese que radica en repetir exactamente lo mismo en cada sitio, a veces «cantinfleadamente».

Ya hasta los oídos se convierten en antenas cuando escuchan los gastados: «Sin dudas hemos estado en presencia de un excelente balance», «el informe recoge nuestras principales deficiencias, lo que queda ahora es seguir trabajando en ese sentido», «tenemos potencialidades para revertir tal situación…».

Ya los oídos duelen y se lastima la conciencia, cuando ante el apremio del tiempo, se oye, a todo volumen: «No importa, corta, pega y dale».

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