¿Podría la ficción trocarse en realidad?

Autor:

Roberto Díaz Martorell

¿Podría usted en dos segundos definir la esencia de un imperio? Quizá sin intención James Cameron lo hizo en su más reciente superproducción, Avatar —ganadora de dos Globos de Oro, al mejor director y la mejor película—, cuando Jake (Sam Worthington) dice en un momento de impotencia que «cuando un pueblo tiene algo que quieres, hazlo tu enemigo y justifica la invasión».

Así transcurren las dos horas de película que tiene como escenarios principales un planeta bello, fantasioso e idílico creado por la magia de la computación, y la base militar humana cuyo nombre es nada más y nada menos que Pandora, donde se gesta el genocidio por causa de un metal superpoderoso y muy caro. Qué raro, ¿verdad?

Algunos mensajes de la película me parecen importantes para entender las razones por las cuales hoy muchos artistas apuntan en sus obras a la destrucción del planeta.

Por ejemplo, el protagonista de Avatar se adentra en el mundo aborigen a fin de garantizar sin tropiezos la invasión militar. Sin embargo, al conocer su cultura y modo de vida cambia esa actitud en defensa de lo que cree un paraíso ante tanta miseria humana en su lugar de origen. ¿Qué lo hizo cambiar?: la comunicación.

Otro aspecto interesante es cómo reacciona la naturaleza al sentirse agredida con los más poderosos y avanzados medios de destrucción jamás vistos y, en aras de preservar sus predios, envía a sus hijos a combatir a los agresores. Ese efecto lo sentimos hoy en forma de ciclones tropicales y terremotos como respuesta natural del planeta ante tanta contaminación ambiental, sin descontar el calentamiento de la Tierra por tantas guerras y el uso de sustancias tóxicas.

También son alarmantes los mensajes de 2012, otra superproducción de Hollywood, que presenta al calentamiento global como el detonador de la destrucción en la que solo los jefes de las potencias económicas, mafiosos y aquellas personas que pueden pagar millones por un pase a bordo, entran a las Arcas de la salvación. ¿Otra rara coincidencia?

Paradójicamente, ambas cintas apuestan además por una regresión a los inicios de la vida. En Avatar, Jake prefiere convertirse en uno de los nativos; y en 2012 las Arcas se detienen en África, continente al que se le atribuye el origen de la vida.

Creo que esos pasajes recreados tan maravillosamente y cuyo objeto es entretener, reflejan la tragedia que a diario sufren algunos pueblos por el solo hecho de tener en su geografía, por ejemplo, altas concentraciones de petróleo. ¿Adónde si no irían los poderosos?

Pero lo más doloroso es que la realidad supera la ficción. Agencias de prensa reportan que el número de muertos en Haití a causa del terremoto supera ya los 200 000, y se estima que muchos más yacen bajo los escombros...

Soy de los que aplaude ofertas fílmicas como estas, con análisis cuando menos sugerentes, que invitan a inteligentes cuestionamientos. En especial porque apuntan certeramente al principal culpable de tanta deshumanización. ¿Será que a los presidentes de las naciones poderosas no les gusta el cine?

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