Cuños sobre la piel

Autor:

Juan Morales Agüero

Un par de meses atrás me encontré con un antiguo alumno, recién titulado en la sede universitaria municipal. Después de las salutaciones de rigor y de las rutinarias referencias a la temperatura ambiental, el joven dio un golpe de timón en el diálogo y me soltó de sopetón: «Profe, una pregunta, ¿usted sabe si en Cuba existe alguna ley que prohíba llevar tatuajes?».

Al instante la lógica colocó en mis labios una respuesta aparentemente demoledora. «Chico, no lo creo, porque, si la hubiera, las amonestaciones no darían abasto». Y lo animé a echar un vistazo en torno suyo para que confirmara cuánta gente se pasea por ahí exhibiendo tatuajes de todos los tamaños por todas partes del cuerpo. Incluso hasta en la zona donde la espalda pierde su noble nombre.

La consulta no tenía nada de ingenua. Resultó una suerte de emboscada, porque el muchacho me replicó: «Y si es así, ¿por qué varios de mis compañeros me han aconsejado que, si quiero conseguir trabajo pronto, me quite primero este tatuaje?». Y me mostró en su brazo derecho la imagen de un pequeño sol naciendo sobre la línea del horizonte.

El asombro me dejó de una pieza. Me pregunté: ¿acaso hay algo ofensivo, maligno, obsceno o torcido en el remedo de Astro Rey que, con intenciones estéticas —y, sobre todo, esnobistas—, algún aprendiz de diletante le dibujó en la epidermis al joven? La respuesta evadió polisemia y sofisma: ¡en lo absoluto!

Me complacería echar un parrafito sobre el tema con quienes pudieran pensar lo contrario. Y preguntarles, entre otras cosas, qué legislación o autoridad adjudica franquicia para tirarle la puerta en las narices a un joven aspirante a trabajador solo por llevar decorado un trozo de piel. ¿Sabrán ellos cuántas personas respetables, laboriosas y civilizadas llevan tatuajes sin que nadie se los cuestione?

Si se fuera a juzgar por esa «transgresión», habría que tomarles declaraciones —dondequiera que estén— a íconos mundiales como el ex premier inglés Winston Churchill, la Premio Nobel polaca María Curie y el inventor norteamericano Tomás Alba Edison. ¡Todos tenían tatuajes! También a Diego Maradona, por llevar el rostro del Che en un brazo. O a Britney Spears por sus decorados en las piernas. O a Bill Gates por «instalarse» en el pellejo el nombre de su madre.

Unos 5 200 años antes de que «pecaran» estos notables, ya se había tatuado la espalda un cazador del neolítico, cuyo cuerpo momificado se encontró en los Alpes en 1991. Los expertos le contaron 57 dibujos en el torso. El hallazgo confirmó que la práctica es tan antigua como el hombre mismo. Es de ayer y de hoy. Y, a juzgar por el carisma y la popularidad que lo signan en cualquier latitud, lo será de mañana.

Lo que sí está por demostrar es la teoría que pretende establecer relaciones a ultranza entre el tatuaje y la marginalidad. Desmontar tan absurdo desatino no precisa de mucho esfuerzo. Un invicto aforismo del tiempo de Maricastaña muestra sus poderosos bíceps y saca la cara por la justicia: «no valen las apariencias, sino los sentimientos».

La mayor traba que desafían hoy los tatuajes son los prejuicios de alguna gente. Ya constituyan moda intemporal, capricho juvenil o acto de fe, no deben ser argumento para conferirle o escamotearle valores a alguien.

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