Admirable figura

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Al parecer, todo indica que va a morir. Ya sus más fieles practicantes no saben qué hacer para salvarlo. Ya casi no se mueve, no habla, no imagina.

De un lado a otro de la Isla, los pronósticos siguen siendo reservados. Apenas respira hoy un paciente que consagró toda su vida a dárselas de cortesano feliz, como quien viene al mundo con el encargo de ser una «figura» distinguida.

Hablo de un «hombre» elegante, locuaz, atrevido. Todo un galán. Una «persona» que jamás ha podido contenerse ante la belleza merecida. Una especie de poeta indiscreto, de esos que nacieron para hacer reír o llorar de alegría, al margen de lo que pregonan las encumbradas líricas de academia.

Dichosos aquellos que, en nombre de la gentileza, alguna vez lo hemos hecho nuestro. Dichosos los que todavía lo redimen de su angustia para profesarlo a diario como prosa bendita. Dichosos los que han sabido cuidarlo a fuerza de frases finas, picantes, comedidas.

¡Qué «gente» más elegante esta, que siempre viste de palabras bien pensadas, provocadoras del doble sentido! ¡Qué modales más apuestos los de este soberbio «caballero», incapaz de mascullar entre sus «labios» el más nimio intento de obscenidad! Todo un vigilante de las buenas posturas, premiado por llevar siempre en su letra una pasión a cuestas.

Allá quienes lo profanan con asombrosas groserías. Allá esos que se obsesionan por hacerlo sufrir a fuerza de expresiones mojigatas. Allá los que en su nombre ofenden, en vez de adorarlo como musa divina. Allá los tímidos que lo acobardan, sin creer en su entera valentía.

No hay esquina, ni multitud, ni plaza que hasta hace unos años no fuese testigo de sus poses galantes, regadas por doquier como un prodigio escurridizo de la pasión humana, sin temerle al exceso ni a la falta.

¡Eso sí! Sociable a más no poder, socorrista favorito de toda empresa amorosa, aliado fiel de los desventurados del cariño cuando desean emprender conquista.

Pero sorprende que poco a poco este «hombre» tranquilo ha perdido conciencia. A toda costa quiere, pero no puede, desintoxicarse ya de la ridiculez, su acérrima enemiga. ¡Fastidia pensar que los nuevos tiempos pretenden acabar con él!

¡Cuánta nostalgia se aprisiona en el pecho de quienes lo hemos estrechado como un gran amigo! Qué bueno sería darle anchura a los buenos espíritus que rondan a este franco «varón» que, más que picardía, reclama educación para existir. No me explico a qué obedece tan feroz ensañamiento de la tosquedad y el sinsentido.

Ahora, mientras vislumbro los dolores de una muerte cercana, al mismo tiempo pienso en una terapia de cordura para extenderle la vida a una «figura» tan ocurrente y cubanísima como el piropo.

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