Más que jueces, cómplices - Opinión

Más que jueces, cómplices

Autor:

Alina Perera Robbio

Miro a mis hijas. Me detengo en la mayor entrando en la adolescencia, en su estilo de rebeldía porque sí, de no hacer silencio ni siquiera ante los regaños más duros; y entonces me percato de que mis días infantiles han quedado lejos. A veces poso con solemnidad mientras ellas lucen ante mí estallantes de energía, inquietas, ávidas de cuanta moda musical o de otra naturaleza vuelan de cerca.

«Qué sucia ha llegado de la calle…», exclamé un día cuando entró Adriana de uno de sus juegos en el barrio. Y mi madre me dejó sin palabras cuando restauró un pasaje de la lejana memoria: «A esa edad —me dijo a solas—, tú andabas llena de tierra, y huías del baño como de la lepra…».

Parece un ejemplo sencillo, pero con él me puse a meditar sobre cómo vamos entrando lentamente en el bando de «los mayores», los que deben tener paciencia y tiempo, mente abierta para comprender y adivinar futuras encrucijadas, y sobre todo imaginación para ir legando a nuestra descendencia un saber que jamás podrá clonarse, un puñado de anclas para que nuestros hijos sean personas decentes, para tener en ellos interlocutores de verdad, con quienes bordar un futuro que pertenezca más a ellos que a nosotros.

Inspirada en las palabras de la intelectual y maestra Graziella Pogolotti, he sentido necesidad de compartir algunas ideas sobre la trascendencia de tender puentes intergeneracionales, pues pienso, como ella, que el diálogo con nuestra juventud «conduce a superar dificultades en el presente y a garantizar el porvenir».

Para mí está claro, como la pensadora ha dicho magistralmente, que «tender puentes hacia una relación constructiva, no implica “blandenguería” o dejación de principios irrenunciables». Hay actitudes como el desprecio del suelo patrio, plegarse al imperialismo, o vivir sin que importe la suerte de los otros, inadmisibles en diálogo alguno. Pero una vez que las grandes premisas están claras, hay que darlo todo para que fructifique la complicidad entre cubanos nacidos en momentos diferentes de la historia, a quienes unen un espacio común

—la Isla—, y un mismo suceso emancipador, en pos de todos, que sería imperdonable perder: la Revolución.

Ello implica una avenida de doble vía, donde no haya prejuicios mutuos, y sí mucho respeto. Donde quienes están comenzando a vivir sientan que se espera de ellos lo más grande, que se cree en ellos, que sin ellos no se podrá seguir adelante. Y donde quienes han hecho mucho en la lucha por la vida sientan angustia el día que no hayan tocado la fibra de sus alumnos, hijos, nietos; el día que no pongan a prueba la capacidad de los que empiezan; el día que no hayan narrado —como se cuentan los mejores capítulos de una gran novela— algo de ese pasado por el cual estamos hoy aquí.

Miro a mis hijas, y reparo en que sus circunstancias han sido y son difíciles: habitan décadas de mucho apuro; de paso atropellado mientras la familia chica, y la de millones, luchan por sobrevivir; de carencias y desigualdades lacerantes; de una espiritualidad que pervive contra todas las banderas.

La juventud que inmersa en su pueblo ha obrado en estos años el mérito de resistir, es digna de elogio. Cierto es que está hecha a imagen y semejanza de las contradicciones y complejidades de su época; que está obligada a prepararse, a leer a despecho del ruido, de la ignorancia y el espejismo que padece el mundo. Verdad es que algunos ritmos preferidos por los nuevos

—y ahora me perdonan mi mirada prejuiciosa— nos recuerdan el viaje sobre un camión de volteo por un camino lleno de huecos, y que ciertos atuendos —como algunos pantalones que parecen haberse caído por accidente— nos dejan con la boca abierta. Cierto es que para despejar los enigmas de algunos a veces hay que sumergirse en Facebook. Y que en años de mimarlos y protegerlos, sentimiento legítimo de tantos padres, y de ese padre gigante llamado Estado, nuestros bisoños escucharon hablar más sobre el deber de estudiar, que sobre el de trabajar.

Pero con todo lo dicho y lo que pueda agregarse, nuestros muchachos, y subrayemos «nuestros», son los portadores de la esperanza. «Son los jóvenes de siempre», como dijera Raúl Roa y recordó la Pogolotti, aunque en circunstancias propias.

Reírnos con ellos no quiere decir que no los tomemos en serio. Divertirnos con ellos, no quiere decir que no los eduquemos. Acompañarlos en su sensitividad y arrojo, no impide invitarlos a probar senderos de sensibilidad y meditación. Escucharlos tiene que ser un acto sincero, no un simulacro. Creer en ellos es darles arco y flechas; sostener con ellos, si es preciso, ese arco en aras de la precisión, pero también arriesgarnos a que ellos escojan algún que otro blanco pertinente, y encuentren soluciones mientras avanzan sobre el encrespado mar de los acontecimientos.

«Lo más fácil es decir que los jóvenes ya no son como nosotros soñamos que debían ser», ha dicho por estos días el poeta Silvio Rodríguez. Y estoy de acuerdo con él, porque ahí está el desafío, lo difícil: en lograr que ellos, sin dejar de ser ellos, se acerquen cada vez más a lo que hemos imaginado y soñado.

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