Gioconda, Tony y nosotros

Autor:

Nyliam Vázquez García

A principios de enero leí un mensaje de Tony, nuestro Antonio Guerrero, publicado en el sitio web Cubadebate. Entonces tuve la sensación de que el héroe descendía de alguno de las innumerables vallas que en nuestra patria tratan de elevar a los Cinco, de honrarlos —ojalá se pudiera como se merecen— y me hablaba al oído.

Me gustó encontrarlo en la complicidad y no en los discursos; no en otros, sino en sí mismo. Poeta rendido ante la sensibilidad femenina y, por si fuera poco, para demostrar lo que cree, entonces nos regaló un poema Definiciones de ella, mi poetisa favorita: Gioconda Belli.

No importa que esté entre rejas —por todos y por mí—, desde hace más de una década. Tampoco que le queden más de diez años viviendo y sufriendo lo que no merece, por obra y gracia de la «injusticia» estadounidense. Cada minuto de las vidas que Gerardo, René, Antonio, Fernando y Ramón decidieron ofrendarle a este pueblo, es una lección de dignidad.

Tony no se desespera. Se yergue sobre su propio ejemplo, por su verdad, y saca tiempo para ternuras. No es solo uno de esos cinco hombres valientes, extraordinarios, y a la vez tan reales: hijos, padres, hermanos, amigos, cubanos. También es el ser humano que se detiene ante lo invisible para los ojos, y lo comparte para convertirlo en un abrazo que nos estrecha. Se eleva más, y el estrecharnos no es un acto solitario, sino de los Cinco.

En aquellas letras lo encontré melancólico, porque las cartas de los amigos demoraban en llegar. Entonces escribió: «Es martes. Solo un mensaje me llegó esta mañana. Continúa la lentitud y yo continúo enviándoles poemas con un abrazo fuerte de los Cinco».

Así rasga ante nuestros ojos su propia coraza y esa otra que le hemos inventado nosotros para protegerlo. Nos deja asomarnos a su mundo de soledades acompañadas. ¿Cuántas veces se habrán sentido tristes o abrumados ante lo incomprensible? ¿Cuántas veces durante estos 11 largos años habrán llorado...? Allí donde se necesita el desahogo, y a los hombres se les permite llorar, no solo porque nadie los ve —aunque nadie los verá—, sino por una necesidad imperiosa de descargar tanta impotencia.

En el asomo escudriñamos sus tristezas, sus miedos, las dificultades que viven a diario en la distancia de cinco prisiones distintas, hermanadas por ellos. Son uno solo, y cuanto necesitan se equipara a diario con la grandeza que los hace recorrer continentes, a pesar del encierro.

A esta altura ya pasó el proceso de resentencia de Ramón, Fernando y el propio Tony. De vuelta a sus prisiones, luego de la estancia en Miami, quizá los mensajes lleguen con la premura necesaria. Nunca serán suficientes.

El breve instante de melancolía de Tony se transforma en poesía en Definiciones, en ese susurro al oído que logra el milagro de traerlo, de hacerlo venir y, si se puede, de comprometernos más.

Me los imagino moldeados de una materia distinta, pero no. Aún así quiero que mis hijos algún día se les parezcan, por lo menos un poco. No importa que no lleguen nuestros mensajes: él, Tony, nos envía poemas. Es su modo de abrazarnos, de hablarnos al oído.

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