Aún convocan las palabras

Autor:

Yanet Medina Navarro

Hay seres que se asoman a la vida en el instante preciso. Y la sujetan fuerte para enrumbar los mejores afanes. Hay hombres preclaros, rebeldes, de principios inamovibles. Llegan como si ya hubiesen ido muchas veces adelante. Y se van dejando tanto, salvando todo. Juan Gualberto fue de esos.

Uno de los chiquillos que rompían los charcos de lluvia y guardaban pedazos de caña mordida en los bolsillos era él. Creció escuchando cantos de esclavos e historias de los elegguá. Su libertad costó 25 pesos, pagados a la dueña de la finca azucarera Bellocino. Ma Concha, negra agorera del batey, predijo que sería un hombre grande.

Se volvió a saber de él cuando regresó de Francia, influenciado por la irreverencia de la bohemia parisina y el periodismo europeo. Era un mulato noble, robusto, de ojos inquisidores.

En la Isla cuajó sus ideas a favor de la igualdad de razas y la separación de España. Fue acusado de proponer rebelión en la tinta pública de La Fraternidad. Y tenían razones los cancerberos: Juan Gualberto comenzó a encontrarse con otro hombre de Patria para pensar en balas lo que a la Isla le faltaba de aire. Luego, al exilio, con las palabras en ristre. Pero ya, para siempre, unido a Martí.

Agudo periodista, agitador oportuno, cubano de andar pausado y disertar fluido. La historia cubana que se fraguaba a partir de entonces pasaría por sus empeños, como el santo y seña del día preciso.

Con la sensibilidad para apreciar lo bello y el don amante de padre, anduvo por el trillo «generoso y breve» que trazaba aquel otro relámpago, para hacer a Cuba libre. Pero no fue. No pudo. Y se coaguló en Dos Ríos, y en San Pedro, y en las banderas arriadas y los mambises que no entraron, la sangre de la guerra necesaria.

Juan Gualberto quedaría, para señalar con el verbo a tiempo y la recia dignidad la permanencia del decoro en el suelo patrio.

Todos los 24 de febrero, antes del primer café, izaba la bandera cubana que guardaba de la Asamblea de Santa Cruz, en un asta de su jardín. Bajo la sombra irredenta cantaba el Himno de Bayamo y, luego, se sentaba a meditar en un taburete. Este ritual lo sostuvo hasta la semana antes de morir.

Pero morir de pura muerte, nunca ha sido oficio de seres como él. Esos hombres que embridan la suerte de muchos y viven su instante como el tiempo todo, van más allá, más acá. Hasta mañana.

Juan Gualberto Gómez, el periodista, el negro peleador de siempre, murió de tanta vida que aún nos convocan sus últimas palabras: «Martí… Cuba… Martí».

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.