Asesina silenciosa

Autor:

Juan Morales Agüero

La pequeña pantalla difunde alguna que otra vez las dimensiones globales del asunto. Un anémico individuo penetra en un baño público, extrae una jeringuilla de uno de sus bolsillos, coloca una dosis de algo, empuja el émbolo, se pincha una vena y luego… ¡a soñar despierto! O si no el sujeto que lía y se lleva a los labios con mano temblorosa un tosco cigarrillo de papel. O el infeliz que aspira frenéticamente cierto polvo de color blanco, pero de entrañas negras...

La droga es un flagelo de instintos asesinos. La humanidad sufre como nunca el corolario de su despiadado azote, con mucha frecuencia mortal. Quienes se dejan querer por sus «encantos» —ricos, pobres, latinos, sajones, blancos, negros, hombres, mujeres… ¡niños!— desconocen, por lo común, que comienzan a caminar por el filo de una navaja. ¡Pobre del que resbale!

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), «droga es toda sustancia que, introducida en el organismo por cualquier vía de administración, produce una alteración del sistema nervioso central del individuo y, además, crea dependencia psicológica, física o ambas». Es fácil de discernir: con esta manera artificialmente viciada de cambiar estados de ánimo y conductas ante la vida, los drogadictos firman de puño y letra un pacto con la muerte.

Está suficientemente probado que el consumo de estupefacientes no favorece en lo absoluto la solución de conflictos, independientemente de su naturaleza, sino que los empeora. Tampoco propicia la «liberación» del individuo de la realidad circundante, sino que lo atrapa y encarcela. Mucho menos permite desarrollar la fantasía, lo sume en las tinieblas. Un drogadicto es, en el fondo, un esclavo encadenado a su adicción, un pobre diablo sin iniciativa.

Un saldo triste de la drogadicción es su incidencia en la aparición de dificultades orgánicas, depresión permanente, agresiones físicas, desintegración familiar, accidentes de tránsito y marginalidad. Bajo su influjo, se lastima el tejido social y se deteriora la calidad de vida del individuo. Un narcómano es alguien al que casi todos esquivan y muy pocos tienen en cuenta. Se dice que, por cada adicto, hay al menos tres personas que sufren en sus condiciones de padres, cónyuges, hijos o hermanos. ¡Una tragedia!

El consumo de narcóticos destruye física y moralmente a la persona afectada, que deja de preocuparse por cuanto no tenga relaciones con su adicción. Se convierte en un ermitaño triste y desaliñado. La familia lo desprecia, los amigos lo eluden y la sociedad lo margina. ¿Es esa, acaso, una buena expectativa para un ser humano?

Cuba ofrece a sus ciudadanos amplias posibilidades de realización. Nuestra «adicción» debe ser siempre el trabajo. Este comentario pretende llamar la atención de quienes, en situaciones excepcionales, decidan irresponsablemente caer en brazos de la asesina silenciosa. Siempre habrá tiempo para meditar un paso tan peligroso.

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