La única jaba de Israel

Autor:

Luis Luque Álvarez

En los asuntos de esta vida —dicen los más viejos— hay que llevar dos jabas: una para ganar y otra para perder.

El gobierno del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, cargó la pasada semana su jabita cuando recibió la visita del vicepresidente de EE.UU., Joe Biden. El segundo de Barack Obama le aseguró a su anfitrión que los intereses de seguridad de EE.UU. e Israel eran los mismos, lo que es decir: «Prepárate, Irán, porque no te vamos a dejar pasar ni una». Lo garantiza Washington, y Tel Aviv se anota un tanto. Ahí llena la jaba (la de ganar, claro).

No bien se rasca una oreja el señor Biden, el gobierno israelí anuncia la construcción de 1 600 viviendas para sus colonos en la parte oriental de Jerusalén, ocupada desde 1967 en contra de la voluntad internacional. Y la Casa Blanca, que intenta ser mediadora (¡ja!) en otro diálogo palestino-israelí —quien lleve la cuenta de las veces que ello ha ocurrido, por favor, facilítemela, porque la perdí—, se lleva un bofetón de su mejor aliado en Medio Oriente.

Porque a Israel le falta la otra jaba: la de perder. Como el niño que da la pataleta si le quitan un caramelo del paquete. Cualquier mínimo olor a devolución de territorios le causa alergia.

Lo que no se entiende es cómo el padre —el que compra los caramelos— se deja insultar por el infante que depende de él para su manutención. ¡Ah!, hay una cosa: el niño tiene más de 200 bombas atómicas, y se ve en igualdad de condiciones con otras de las grandes potencias del orbe. Realmente no debe ser muy sencillo dictar pautas a un país cuyos cohetes apuntan hacia las capitales europeas.

Ahora bien, ¿con qué se sienta la cucaracha? Pues precisamente con los 2 500 millones de dólares anuales que entrega Washington al ejército israelí, así como con el mecanismo de los préstamos multimillonarios que, año tras año, hace EE.UU. a su aliado, y que el Congreso —también ¡año tras año!— le condona.

Por eso no teme a nadie en el cielo ni en la tierra, y está confiado en que su benefactor hará muy poco para corregirlo efectivamente. El viernes, la secretaria de Estado Hillary Clinton lo regañó, al decir que las nuevas 1 600 viviendas eran «una señal profundamente negativa». «¡Bah!, ¿y qué?», habrán dicho los aludidos. «Ya volveremos a oír lo mismo en otra ocasión».

Pero a veces el poder nubla la vista del que se cree ganador ciento por ciento. No ve Israel que, estrechando más y más contra la pared a los palestinos —que no tienen la cualidad ni el deseo de volverse gaseosos para no ocupar espacio— se condena a sí mismo a permanecer en un perpetuo estado de tensión con su entorno árabe y con la comunidad mundial en general. ¿Se puede vivir eternamente así, con el índice del planeta gravitando sobre uno?

La única jaba, la de «ganar-ganar», se le ha vuelto plomiza a su propietario, quien se va encorvando cada vez más por el peso de tanto «triunfo»…

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