La entrega no tiene tiempos

Autor:

Alina Perera Robbio

Como para desatar múltiples sentimientos y reflexiones, cierto coterráneo hizo llegar a un colectivo de periodistas, en acto de honestidad y pasión, las siguientes líneas como parte de una carta: «Los que hicimos la Revolución somos ya viejos y estamos probados; los que vienen detrás están por probarse».

Las palabras resultaron rampa de lanzamiento para desplegarnos en un análisis nada fácil y muy sensible, donde cada quien puso su mirada en el asunto. Había tres generaciones en la conversación, y aún así, los puntos de coincidencia en conceptos esenciales —que no en matices, tonos y vivencias— resultaron asombrosos.

Es inmenso —dije— el mérito de aquellos jóvenes de la Generación del Centenario, esos que a golpe de mucho arrojo rompieron la inercia, echaron por tierra el mito de que era imposible librar una batalla contra un ejército armado hasta los dientes, o sin él. Fue infinito el sacrificio de esos muchachos hace cinco décadas. Muchos no llegaron a ver ni uno solo de los sueños por los cuales dieron sus vidas.

El instante histórico de esa generación que es la de mis abuelos, fue tremendo. Pero la vida del revolucionario es una prueba hasta el final, y que probarse no implica un acto consumado, sino un devenir, una suerte que discurre de día en día. Por tanto, la primera reflexión tuvo que ver con que, quienes han sido héroes, en cualquier época, deben mantener su condición hasta el último momento.

«Los viejos», que en su momento fueron los jóvenes de siempre —los seres frescos, de naturaleza audaz, transgresora—, también tuvieron precursores que probaron a la Historia sus grandes virtudes: Martí, Mella, Villena, tantos otros… Y han tenido, detrás de sí en el tiempo, a diversas generaciones que han venido ofreciendo sobradas pruebas de heroicidad.

Siempre evoco, cuando se habla de los que llegaron después, a los jóvenes que vivieron la gesta de Angola: lo dieron todo en la contienda. Miles no regresaron. Y también pienso en los que durante estas décadas de Revolución han obrado, mientras llevan la vida en la Isla, el infinito mérito de la resistencia.

Así me expreso siempre que advierto una dicotomía errada que de un lado pone la consumada entrega de «los viejos»; y del otro, la heroicidad pendiente «de los nuevos». Porque en esta originalísima y hermosa historia nuestra, todas las generaciones están imbricadas; nacen unas de las otras; y presumir una línea divisoria entre quienes hicieron y los que están por hacer, deja el sabor de que ahora, en este mismo instante, no hay nadie haciendo algo. Si así fuera, ¿cómo hubiéramos llegado hasta aquí?

Concebir a las generaciones como grupos estancos es dañino, pues esa concepción será terreno fértil para prejuicios entre «nuevos» y «viejos»; para una incomunicación estéril donde quienes han hecho mucho no enseñen con inteligencia todo lo necesario, y quienes deben sumar experiencia a sus bríos, se nieguen a escuchar con humildad y respeto a quienes un día fueron como ellos.

Esto de los «viejos» y los «nuevos» esconde otras trampas del encasillamiento y el simplismo: porque en el primer grupo los hay que no han envejecido, que siguen muy alante, que luchan y se prueban como grandes discípulos de la vida; y en el segundo grupo los hay que parecen haber nacido cansados, conservadores, llenos de habilidades para el atajo y las costumbres viciadas. Seamos cuidadosos, que la edad no es siempre garantía de determinadas cualidades. Podrá haber, por ejemplo, diferencias cognitivas entre un adolescente y un hombre maduro, pero la ética y los buenos sentimientos… ¿qué edad tendrán?

Creo, de corazón, que en cada momento la juventud cubana ha hecho lo que era necesario y urgente emprender, y así seguirá siendo mientras beba en lo mejor de sus padres y maestros, mientras sigamos siendo un engranaje vivo, en movimiento, es decir, sin abismos ni fracturas en el rítmico ascenso de esta Revolución de todos.

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