La tortícolis de los poderosos

Autor:

Nyliam Vázquez García

La pobreza en Afganistán ha aumentado a niveles exorbitantes desde que EE.UU. ocupara el país hace nueve años. Mientras los grandes medios de comunicación se ocupan de difundir la gran ofensiva de los invasores sobre Kandahar, poco se sabe de las condiciones de vida de ese pueblo, el sufrimiento al que es sometido aún cuando la mayoría de sus ciudadanos no estén recluidos en la ilegal base naval de Guantánamo o en Abu Ghraib.

Se sabe del aumento del negocio de la droga, de la corrupción a todos los niveles, de la guerra… y en todo ese mejunje, la precariedad se ceba, coloca la soga al cuello a millones de afganos. ¿Quién piensa en ellos?

Según un informe de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, citado por la BBC, la corrupción generalizada y el foco en la seguridad a corto plazo por parte de dirigentes locales y los invasores está contribuyendo a incrementar la pobreza, ya de por sí extendida. El reporte muestra que a pesar de los miles de millones de dólares invertidos y de las tantas Conferencias de llamados donantes, los niveles de miseria escalan sin cesar. No se trata de números, sino de su penosa traducción en la vida de millones de seres humanos, que no pidieron la guerra y que, aún en medio de ella, también tienen que soportar la corrupción en las altas esferas desde donde se les debiera proteger.

El abuso de poder, aseguran los expertos, es el factor clave para la pobreza en Afganistán. Los intereses creados desde las élites con frecuencia configuran la agenda pública ya sea en relación con el derecho, la política o la asignación de recursos. Nadie piensa en la mayoría, porque al final, ¿qué le puede importar a quienes tienen la panza llena y están muy lejos de las bombas, que sus coterráneos vivan una realidad bien distinta? El mundo patas arriba a la vista de todos.

Alrededor de 35 000 millones de dólares se han invertido en el país durante estos nueve años, de acuerdo con la cadena británica, pero ello no se nota a lo largo y ancho de la geografía. Allí pulula la miseria, los niños tienen que abandonar la escuela para incorporarse a trabajar, y el soborno a los funcionarios públicos es la cotidianeidad.

Aún más, Rupert Colville, vocero de la mencionada Oficina de la ONU, da cuenta de que «Afganistán tiene la segunda tasa de mortalidad más alta en el mundo y la tercera de mortalidad infantil. Solo el 23 por ciento de la población tiene acceso a agua potable y únicamente el 24 por ciento de los mayores de 15 años saben leer y escribir».

El mismo informe de la ONU reconoce que las autoridades afganas «raramente toman decisiones en el interés de la mayoría de la población (...) y muy frecuentemente utilizan su posición para poner por delante sus intereses ».

De ese modo, ¿a quién le pueden quedar dudas de que todo conspira contra el pueblo afgano, aunque desde afuera algunos se autoproclamen sus elegidos para salvarlos? Muy por el contrario, los males se han exacerbado. La historia sin fin.

Pero estos detalles oscuros, reveladores, no clasifican para los grandes medios; mejor, la flamante ofensiva sobre Kandahar o la visita sorpresa del presidente de EE.UU a la nación centro-asiática. Vende más la imagen de «salvadores» que la de ese atolladero inventado y que ahora pasa la cuenta. Los afganos malviven, mientras el mundo lee noticias sensacionales y de paso mira para otro lado. ¡Uh!, seguro los poderosos padecen de tortícolis. Pero eso es un secretos a voces.

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