Ayúdame a mirar

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Cuenta Eduardo Galeano en uno de sus abrazos que aquel pequeño no conocía la mar y su papá quiso que la descubriera. «Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

«Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre: —¡Ayúdame a mirar!».

Hace unos días sentí la feliz inocencia de aquel niño. Tuve la mar de una historia delante, y solo quería beberla toda con la mirada; sentirla toda con el asombro. Ya debía estar acostumbrado, porque el padre que me llevó a verla, que llenó de sentido esa mar para mí, para muchos, tiene azules tan sencillos y hondos que ha poblado nuestros horizontes más de una vez.

Vi José Martí, el ojo del canario, el último filme de Fernando Pérez. Y digo ver cuando podría escribir: estar, saber, latir. Porque es una emoción táctil, una ola de recia cubanía, que acaricia y estremece «la orilla del alma».

Martí siempre ha estado tocando, en esa fina coherencia suya de cantar y hacer patria en una misma letra, con el verso o el jolongo la carga mambisa del sueño soberano. Pero acaso Fernando nos descubre en el océano del cine, después de necesitarlo durante años, al Martí más puro. Al héroe antes del héroe. Al niño antes del genio.

Qué buen título …el ojo del canario, síntesis de oscuro vuelo encerrado, de porfiada melodía, de diminuto universo. De Islas Canarias, la tierra que nombra el ave, era Doña Leonor, que sufrió tanto por el niño de sus ojos. Leonor de dolor y orgullo, paso firme y filigrana. Con la fiera ternura para lavar a puño las penas del hogar y amamantar sus rebeldías.

Así la vio Fernando y quiso pagar su propia deuda de hijo cubano. Por eso recreó, con la sobria majestad de Broselianda Hernández, a una mansa leona en agonía, a una mujer herida hasta los huesos por el diamante de bondad que su amor forjó. Hay miradas, palabras, vibraciones entre esta madre y su hijo que valdrían las lágrimas y el aplauso.

La otra mitad de Martí, protegida bajo su dura corteza, también sale a las luces que fundieron el maestro Pérez Ureta y el Director. Don Mariano o la honradez del camino recto. Cansado pundonor soberbio. Hombre digno hecho a golpe de yunque. Padre que en el trueno espléndido de Rolando Brito hace crecer la fragua de su José Julián. Y acaba por romperse los pulmones a fuerza de comprenderlo.

José Julián, Pepe, Pepito. Qué tiene Fernando para acertar encarnaciones como las de Damián Rodríguez y Daniel Romero: rostros primigenios encantados para los destellos de aprendizaje, fidelidad, llanto y fe.

Obra entera. En sus silencios, solo quebrados por los vaivenes de la época; en sus puentes emocionales al Poeta de las rimas formadoras; en su magistral visualidad; en la valentía refulgente para poner carne donde a veces se ha recitado piedra; en su futuridad de llamas; esta es una película que amanece. «Hay sol bueno y mar de espuma».

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