Huevos con tocino

Autor:

Luis Luque Álvarez

Una imagen singular, la de un plato de huevos con tocino, sirvió a un maestro para ilustrarles a sus oyentes qué actitudes podían adoptar para transformar la realidad: si colaborar, desde lejos, casi asépticamente, o comprometerse, dar todo de sí, para lograr algo que valiera la pena.

En ese sentido, explicó, la gallina «colabora». Un huevo más o menos no la afectará dramáticamente, aunque arme gran alharaca cuando lo pone. Cumple, queda bien, y esa noche duerme tranquilita en su gallinero. El cerdo no. A él se le va la vida en ese plato. Se ha «comprometido», y sin marcha atrás.

Pienso entonces en los muchos que creemos que «un mundo mejor es posible». Sí, lo es, pero ¿cómo? ¿Cómo ha de ser posible configurar un espacio de convivencia más fraterno? Porque la frase es hermosa, idílica; sin embargo, aparte de unos cuantos buenos trucos, la magia no existe. Son seres de carne y hueso —y no de los que cacarean ni de los que gruñen— quienes, con su proceder, dejan cada día una marca en su entorno.

Por otra parte, una lectura un poco cósmica, quizá etérea, de la expresión, acarrearía el peligro de que, como «el mundo» es el que debe ser «mejorado», pues me desentiendo de hacer algo positivo, digamos, por mi barrio; o aun más circunscrito: por mi vecino, o por mi compañero de trabajo más cercano. Como algún que otro ecologista, al que le puede ser muy cómodo hablar afectadamente de frágiles e inasibles criaturas, que en algún lugar indeterminado padecen por la suciedad del mar o por la lluvia de raíles de punta en Groenlandia, mientras les importa un pepino el ser concreto que está a menos de tres metros, al que aturden con su contaminación sonora, o envenenan con el humo del auto que arreglan ahí mismito, frente al portal ajeno.

Ese apoyo, abstracto y remoto, se parece al de la gallina. ¿Acaso tiene incidencia real en una metamorfosis verdaderamente solidaria de su medio?

Otro espaldarazo, algo diferente, es el que ofrece quien «aterriza» sus aspiraciones y opta por involucrarse —como hizo el cerdo—; por gastarse en transformar la sociedad, aunque coseche reveses, y aun ingratitudes. Para cambiar los modelos injustos, algunos incluso tomaron los fusiles y subieron a la Sierra, o empuñaron un machete, en medio de estrecheces, para conquistar lo que por peticiones no obtendrían, y se hicieron ellos mismos camino y ejemplo. Unos fueron a los montes a llevar letras. Otros, a vivir entre los enfermos incurables, ofreciéndoles amor a cambio de la posibilidad —o la realidad— del contagio y la muerte. Aquellos otros defendieron su credo en medio de fieras. Todos, en fin, comprometieron su bien mayor, la propia existencia, en aras de un ideal, en el que el bienestar de los demás, o el buen testimonio ante ellos, ocupaba lugar preeminente.

Claro, pero para comprometerse e intentar después mover unos centímetros el mundo, cada cual debe experimentar una transformación, tal vez renacer a una nueva óptica de la realidad, en la que el centro no sea el yo, el «mí mismo» de la conocida sátira, quien es mucho verbo y poco ejemplo, y que para satisfacerse no se pulveriza el cerebro con principios que lo avergonzarían.

Dejar a un lado esa inclinación, la de palabrear rosas mientras uno se vale de espinas para abrirse paso entre los demás y asegurar los intereses propios, es, cuando menos, avanzar hacia la coherencia.

Y solo los coherentes, los que arriesgan de verdad el pellejo en el plato de huevos con tocino, podrán cambiar el mundo.

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