José Martí y el Primero de Mayo

Autor:

Carlos Rodríguez Almaguer

«Quieren que el trabajo se reduzca a ocho horas diarias, y es su derecho quererlo, y es justo…»*

José Martí

Cuando el 13 de noviembre de 1887, José Martí vuelve a escribir desde Nueva York sobre los sucesos que habían protagonizado los obreros de Chicago en mayo del año anterior, y afirma que: «Esta república, por el culto desmedido a la riqueza, ha caído, sin ninguna de las trabas de la tradición, en la desigualdad, injusticia y violencia de los países monárquicos», cerraba un ciclo vital para su propia aprehensión del problema social que enfrentaba en los Estados Unidos, en tránsito del capitalismo de libre concurrencia al imperialismo, a los trabajadores oprimidos y a los capitalistas opresores.

Tres artículos anteriores, publicados entre el 29 de mayo y el 7 de noviembre de 1886, lo habían acercado para siempre a la triste realidad de los obreros norteamericanos, inmigrantes en gran parte, explotados todos por el monopolio naciente que «está sentado como un gigante implacable a la puerta de todos los pobres». Martí evalúa las raíces del suceso, porque «Las razones son las mismas», y porque «Las cosas no están bien cuando un hombre honrado e inteligente que ha trabajado con tesón y humildad toda la vida, no tiene al cabo de ella un pan en que reclinar la cabeza, ni un peso ahorrado, ni el derecho de pasear tranquilo al sol, tan necesario a los viejos!».

Critica el hecho inicuo de que «el que en las ciudades “agua las acciones” de los ferrocarriles, que es como aguar el vino, haciendo aparecer más vino del que hay, vive en consideración y holganza que exasperan al minero, al cargador, al guarda-agujas, al maquinista, a tanto mísero que tiene que contentarse con sesenta y cinco centavos al día, en lo crudo del invierno, para que la compañía pueda pagar a sus accionistas dividendos pingües sobre un capital falso, mucho mayor que el que realmente emplearon».

Sin embargo, ninguna de estas valoraciones sobre aquella realidad, acaso hoy más terrible a pesar de, o tal vez —increíblemente— gracias a, los adelantos de una «civilización» en esencia inhumana y violenta, nos resulta tan estremecedora como la que nos pinta, con su palabra angustiada por una visión sombría de la gestación de un futuro de odio y rapacidad que tendría como mano ejecutora a los descendientes de esa generación envenenada en la cuna por aquel culto desmedido a la riqueza: «Las cosas no están bien —apunta al respecto— cuando, para que una mujer desgreñada y sus chicuelos amarillos puedan vivir en un rincón de casa de vecindad fétida, tienen que salir los hombres antes del alba, con sus vestidos de hule manchados y sus capotes rotos, con su merienda de poco peso en la tinilla de lata, a cavar, a edificar, a levantar monumentos en los lugares de aire puro y hermosas cercanías, de donde emprenden su viaje al caer la noche a sus casas lejanas, hambrientos, agrios, soñolientos, a comer, a beber, a crear de prisa y en las sombras, entre vapores de cerveza y boqueadas de odio, una generación de anémicos que nace ebria».

Y entre la indiscutible confusión que le causa el tener que abordar los hechos desde las obligadas referencias que toma de la prensa norteamericana, tan mayoritariamente plegada a los grandes intereses, como él mismo siempre denunció, no deja sin embargo de ver en la raíz de toda aquella trágica contienda las injusticias que al cabo la provocaron y que consisten en «La concentración rápida y visible de la riqueza pública, de tierras, de vías de comunicación, de empresas, en una casta acaudalada que legisla y gobierna». Ve cómo «las tierras públicas van cayendo todas en manos de ferrocarriles y magnates, dejando poco espacio para que mañana, cuando estos globos industriales estallen, cuando la producción excesiva de las industrias se reduzca a las necesidades reales, puedan los obreros sin empleo ocupar la tierra, industria sabia que nunca se cansa!».

Así como dos años antes, en abril de 1884, al abordar desde las páginas de La América el tratado en que Herbert Spencer critica las que considera exageradas bondades de un pretendido socialismo inglés, Martí expresó conclusivo: «Nosotros diríamos a la política: ¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra», así cerrará esta vez el tema de los sucesos de Chicago, haciendo suyas las palabras con que al caer la noche recibió el diario de los obreros a las veinticinco mil personas que regresaban, compungidas, del cementerio en el que acababan de depositar para siempre a los cinco obreros condenados a muerte: «¡Hemos perdido una batalla, amigos infelices, pero veremos al fin el mundo ordenado conforme a la justicia: seamos sagaces como las serpientes, e inofensivos como las palomas!».

Por eso no ha de extrañarnos la manera entusiasta y alegre en que le escribirá, en 1894 y también desde Nueva York, a su amigo Fermín Valdés Domínguez a propósito de aquellas primeras celebraciones por el Primero de Mayo en Cuba: «Una cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño con que tratas; y tu respeto de hombre, a los cubanos que por ahí buscan sinceramente, con este nombre o aquél, un poco más de orden cordial, y de equilibrio indispensable, en la administración de las cosas de este mundo. Por lo noble se ha de juzgar una aspiración: y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión humana. (…) Muy bueno, pues, lo del 1º. de Mayo. Ya aguardo tu relato, ansioso».

* El Partido Liberal, México, 29 de mayo de 1886

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