Let it Be

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Siempre que vuelvo a la ciudad de Holguín, con Romerías de Mayo o sin ellas, me escapo hasta la Caverna de Los Beatles, ese dispensario de la nostalgia donde viajo en el tiempo con canciones humedecidas, ya en inglés o en español.

No hace falta divisa, ni tampoco influencias, para traspasar el umbral de esa rara taberna, un reducto de la gracia y la imaginación intocado aún por la pandemia de la grosería y el desaliño. Basta querer, y que haya un mínimo espacio, para imaginar algo distinto junto a John Lennon, a los acordes de grupos y cantantes en vivo o adorables grabaciones. Basta que tengas un billete de 20 pesos para al menos beberte dos cervezas emulsionando el alma.

Esta vez solo alcancé a entrar. Abarrotada La Caverna, me obliga a estar de pie todo el tiempo junto a la primera mesa, donde los cuatro irrefrenables de Liverpool fraguan proyectos todavía, ajenos a los parroquianos. Lennon de pie; Paul, George y Ringo sentados. No parecen esculturas de bronce en la densa penumbra, apenas infringida por tenues rayos de luz de la barra del bar. Es como si, animados por los mismos arrestos de los presentes, volvieran a empezar el largo y sinuoso camino.

Me acerco a John. En buen cubano lo abrazo y le digo: Socio, no nos abandones nunca; mientras se escucha de fondo una casi olvidada canción de mi adolescencia, del grupo holandés The Shocking Blues. Una hora más tarde, ya con las piernas adoloridas, recuesto mi brazo derecho al hombro de Mc Cartney.

No sé por qué la desbordada confianza, el cubaneo y esas palmaditas en el hombro, con personajes tan trascendentes. Ellos permanecen británicamente imperturbables en la inmortalidad; y este hijo de Yuyú se pregunta si no es un mero sentimiento de gratitud lo que le impulsa. O el hecho de que cuando los descubrí en mi adolescencia, fue furtivamente, sin rostros apenas. Soñando por la oreja, como diría Joaquín Borges Triana; y con alguna que otra foto recortada de mano en mano. Porque me demoraron mucho el verlos cantar. Sus kinescopios aparecieron bastante tarde, cuando se habían desintegrado como grupo. Por eso tenerlos aquí junto a mí, en la densa bruma de La Caverna…, le digo a George y miro hacia Ringo… forma parte de muchas reconciliaciones.

A esta hora recuerdo dos sentenciosas frases de aquella crónica mayor de Gabriel García Márquez, a raíz del asesinato de John Lennon: «Tengo la impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que Los Beatles empezaron a cantar»… «La única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de Los Beatles».

¿Paul entendería este romanticismo meloso de los latinos?, me pregunto mientras Manuel Helguera, la voz del grupo holguinero Nueva Imagen, transgrede como un dardo de luz la penumbra de La Caverna y arde en los ojos de las muchachas, con una proposición del brasileño Roberto Carlos.

Elevan tenuamente la intensidad de la luz, y descubro, en lo que antes eran sombras idefinibles, un público de cualquier edad, cubanos y extranjeros, sin divisorias, coreando las canciones…

¿Nunca hay problemas, alteraciones? Despeja las dudas Xiomara Escalona, una elegante señora que administra La Caverna de Los Beatles hace bastantes años, algo raro en la volátil gastronomía cubana: Aparte de que hay control, allí todo es amoroso y tranquilo. Ese es nuestro público —no dijo usuarios—, venga de donde venga.

Dejo atrás la Caverna de Los Beatles y me adentro en la madrugada holguinera con una extraña sensación. ¿Habré emprendido un mágico y misterioso viaje (Magical Mystery Tour)? ¿Quién habrá obrado el milagro de aquel recinto? ¿Acaso Lucía en el cielo con diamantes (Lucy in the Sky with Diamonds)? Quizá huelgan las conjeturas. Sencillamente, let it be (déjalo estar).

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