La infancia y sus contrastes

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

En un informe dado a conocer a finales del 2009 por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), se reseñaba que en el mundo subdesarrollado existen unos 146 millones de niños menores de cinco años en estado de depauperación nutricional.

Refería también el documento los porcentajes de pequeños que viven con bajo peso en algunas regiones del planeta: África subsahariana, 28 por ciento; Oriente Medio y África del Norte, 17 por ciento, y Asia Oriental y Pacífico, 15 por ciento. Y en medio de aquellas abrumadoras cifras se destacaba a Cuba como el único país de América Latina y el Caribe exento de desnutrición infantil severa.

Al acercarnos a estos registros internacionales, es casi obvio el contraste de nuestro contexto con otros en los que el hambre suele ser «pan» cotidiano para quienes llegan al mundo.

Y no es que en Cuba no se vivan estrecheces alimentarias ni se sientan hoy las carencias que gravitan en son de crisis sobre el planeta, sino que, a diferencia de muchos países, en esta Isla pesa desde hace medio siglo una voluntad gubernamental que prioriza por encima de todo el ejercicio de una infancia feliz.

Mientras más de 250 millones de niños en el Tercer Mundo, comprendidos entre cinco y 14 años, tienen que trabajar para subsistir, 130 millones de ellos no reciben educación y otros seis millones padecen para toda su vida lesiones causadas por guerras o conflictos armados, aquí la realidad pinta bien diferente.

¿Cuántos círculos infantiles se abren en este archipiélago para resguardar juguetes y sonrisas en una suerte de puente de confianza entre la venidera escuela y la familia? ¿Cuántas son las aulas que a diario suscitan la inquietud del saber aquí, como letras y múltiplos de un solo futuro?

Y pese a las dificultades económicas, ¿cuántas consultas y vacunas no nos han inmunizado de incontables molestias, no nos han curado el dolor y, recientemente, hasta nos han prevenido de malas «influenzas»?

Pero se trata de una realidad que, por común, a veces no solemos apreciar del todo, ni valorar pensando en la oquedad de nuestro pasado, o en la dejadez y el olvido que durante siglos han reinado en no pocas latitudes de este planeta.

Hace pocos días unas imágenes televisivas daban fe de un niño boliviano con visible retardo físico y mental que había sido encontrado por los médicos cubanos en el peor abandono. Como este infante, ahora muchos han cambiado su suerte gracias a la inspiración de gobiernos que buscan desterrar de América la desdicha de cientos de años.

Sin embargo, lo que se vive hoy en algunos parajes del nuevo continente solo resulta un leve aliento ante el panorama de esos millones de pequeños que ven frustrados sus derechos, y de los que no se acordará nadie, ni siquiera hoy, justo cuando el calendario de muchos países propone celebrar el Día Internacional de la Infancia.

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