La túnica del rey

Autor:

Luis Luque Álvarez

De modo que la «libertad» y la «democracia» en Afganistán no son lo que le quita el sueño a nadie…

Hasta ahora, el presidente conservador de Alemania, Horst Köhler, entendía que esa era la verdadera razón de la presencia de las tropas de Berlín en aquel paraíso de las bombas: afianzar el orden, llevar prosperidad al pueblo afgano, contribuir a estructurar una sociedad democrática para beneficio de sus ciudadanos…

Pero en una entrevista radiofónica la pasada semana, el mandatario abrió las puertas del infierno (no muy bien cerradas, pues la opinión pública local detesta que sus soldados participen en el conflicto afgano), al declarar cuál es el verdadero objetivo del despliegue militar.

«Estamos en camino —aseguró— de que la gran masa de la sociedad entienda que un país de nuestras dimensiones, con esta orientación hacia el comercio exterior, y por ello también dependiente del comercio exterior, tiene que saber que, en caso de duda y de urgencia, la misión militar es necesaria para salvaguardar nuestros intereses, por ejemplo, las libres vías comerciales, (y además) impedir grandes inestabilidades regionales, que con seguridad también incidirían negativamente en nuestras posibilidades de comercio, puestos de trabajo e ingresos».

Así lo ha visto Köhler, sin muchas vueltas. Pero este lunes presentó su dimisión. ¡¿Por qué lo hace?! Desde distintas sillas del Bundestag (Parlamento), le pidieron que reconsiderara su decisión; que un poco de crítica —porque le ha caído un cubo de ellas— no puede hacer tambalearse a la primera figura y referente moral de la nación. Sin embargo, ha insistido: se va. El rey estaba desnudo, ¡desnudo!, y todo el mundo lo sabía, pero nadie se atrevía a decirlo. Köhler, un economista, no tiene la culpa de ser tan directo, y de haber hecho como el chico del relato: gritar lo obvio. Que el rey estaba en pelotas.

Durante años, Alemania ha estado tratando de hacerse notar en Asia Central, y no porque allí se coseche remolacha azucarera ni se recojan perfumados lirios, sino porque se trata de una zona rica en gas y petróleo. El anterior ministro de Exteriores, Frank Walter Steinmeier, le dedicó tiempo a darse sus vueltas por ese escenario, al visitar países como Uzbekistán, Kazajstán, Turkmenistán, con gobiernos nada simpáticos a Berlín, pero soberanos de sus recursos energéticos. Afganistán está en ese mismo barrio, y por tanto, más conviene garantizar que esté tranquilo, tranquilo, y que no exporte su inestabilidad hacia otros sitios (ya con los enredos en Paquistán, basta).

Por ahí anda, pues, la razón de la permanencia de las tropas. Es lo que el 80 por ciento de los alemanes entiende y desaprueba, y lo que el señor Köhler ha admitido. Con su renuncia —la primera de un presidente en ese país—, pone en cierto aprieto al gobierno de la también conservadora canciller federal, Ángela Merkel, quien está atribulada cocinando, como otros de sus colegas europeos, un programa de recortes de gastos.

En junio, cuando la Asamblea Federal escoja al sustituto del dimitente (no es el pueblo el que lo elige), ya alguien le hará observar, cuando vaya a la radio, que el rey viste túnica de hilos de oro.

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