Tres años sin fumar

Autor:

Juan Morales Agüero

En junio hará tres años que no me fumo un cigarro. Antes de lograr este récord personal de abstinencia nicotínica —confío en que sea irreversible— lo intenté ni se sabe en cuántas ocasiones. Siempre recaí por culpa —me excusaba— del cafecito mañanero o del traguito del sábado. Al volver a las andadas recordaba una frase del escritor norteamericano Mark Twain, el de Las aventuras de Tom Sawyer: «Dejar de fumar es muy fácil. Yo dejé de hacerlo como cien veces».

Quien no fuma ignora lo traumático que resulta dejar el vicio cuando alguien ha pasado más de 30 almanaques entre bocanadas de alquitrán. En tan prolongado período se llega a establecer entre victimario y víctima una dependencia angustiosa, como la del esclavo con su amo. Pero está probado que con voluntad y determinación se pueden sacudir los grilletes del sometimiento y declararse libre, aunque sea a costa de convertirse uno en un cimarrón en un palenque libre de humo.

En mi caso, la razón para dejar el tabaquismo me la propició mi hija Sofía, hoy con cinco años de edad. Una mañana, mientras la acomodaba en mi ciclomotor para llevarla al círculo infantil, su cabecita adorable quedó a la altura de la mía. Yo acababa de fumarme el primer cigarro del día y mis labios transpiraban el tufo maloliente de la nicotina. Le di un beso en la mejilla. A Sofía le desagradó mi aliento. Y me lo hizo saber: «¡Ay, papá, pesteee...!», protestó, mientras se apartaba de mí y se limpiaba el rostro con una manita.

Aquello tuvo el efecto de un porrazo, de un golpe colosal sobre mi corazón de padre. Sentí que el mundo se desplomaba. ¡Imagínense! Lo que no lograron críticas, sermones, campañas, solicitudes, insinuaciones, advertencias, dudas, compromisos y hasta amenazas lo logró con un simple abracadabra una frase de rechazo, un beso censurado de mi princesa mayor. Entonces tomé la decisión aplazada tantas veces, me programé para cumplirla cuanto antes y... ¡no he vuelto a fumar! Algunos dirán: «Bahhh, ya vimos esa película. Veremos si puede mantenerse» Y yo: «¡Pues seguro que podré!».

La primera recompensa por esta determinación es que mi salud se ha fortalecido. La escalera hasta mi apartamento en el tercer piso dejó ya de constituir un desafío y un martirio para mis pulmones. Y no me obsesiona la llegada del amanecer para tirarme a toda prisa de la cama, «colar» café y solazarme luego en el balcón con el cigarro más apetecible del día. Les seré franco: en materia de dinero, no he ahorrado ni un centavo. Pero por lo menos ya no convierto los billetes en humo y ceniza. Ahora les doy un destino más productivo.

Lo otro bueno es que mejoré la autoestima. Cuando alguien se me acerca y me dice: «¿me puede prestar su fosforera?», le respondo, orgulloso y mirándolo a los ojos: «no, yo no fumo». Y eso me reconforta una barbaridad. Mi abdicación trajo otros beneficios no menos trascendentales: ceniceros limpios, ligereza en los bolsillos y ropa sin quemar. Ahhh, y ya Sofía dejó de amonestarme por los hedores a tabaco. En fin, ganancia neta. Así que si usted es fumador empedernido —o fumadora—, vamos, ¡anímense y aplasten definitivamente la colilla! Su salud, su familia, su entorno, su imagen y su economía se lo agradecerán. Y ahora lea:

La nicotina es un alcaloide que produce más dependencia que la heroína o la cocaína... Cada diez segundos en el mundo muere una persona como consecuencia del consumo de tabaco... El humo de un cigarro tiene más de cuatro mil productos químicos, entre ellos amoníaco y arsénico, ambos sumamente tóxicos... De esa extraordinaria cifra, alrededor de 40 productos pueden causar cáncer... Los estudios demuestran que los fumadores pierden siete minutos de vida cada vez que se fuman un cigarro... Las compañías de tabaco gastan en total en propaganda 13 millones de dólares diarios... El consumo de tabaco origina más muertes que la acción combinada del sida, los accidentes de tránsito, las drogas ilegales, los asesinatos y los suicidios... En el mundo fuma el 47 por ciento de los hombres y el 12 por ciento de las mujeres... Desde 1950 hasta el 2000, el tabaco provocó la muerte de 60 millones de personas en los países desarrollados, cifra mayor a la ocurrida en la Segunda Guerra Mundial...

Entonces, ¿se decide a abandonar el cigarrillo?

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