Malas sugerencias - Opinión

Malas sugerencias

Autor:

Roberto Díaz Martorell

«No te dejes mangonear; si te pegan coge un palo y le rompes la cabeza», era el consejo que «afectuosamente» le daba un padre a su hijo de ocho años, por cuyas mejillas todavía corrían lágrimas.

El papá apretaba fuertemente al pequeño y lo sacudía sin cesar, creyendo que de ese modo sus «sugerencias» tendrían un mejor efecto. Pero el niño temblaba, y cualquier persona de paso se pudo dar cuenta de que reaccionaba así por la severa actitud de su progenitor, y no a consecuencia del altercado que pudo tener y que casi seguro había olvidado.

Evocando la escena, pensé en cómo el machismo continúa tejiendo sutiles y en ocasiones visibles lazos entre eso que llaman la «hombría» y ciertas expresiones de rudeza y hasta violencia. Es cierto que crecemos en un ambiente machista y matizado por diversas tensiones, pero ello no siempre refuerza una conducta como la que este padre pretendía estimular.

¿Cómo puede llegar esta agresividad —me pregunté— de alguien que nos da la vida? ¿Es que acaso algunos padres pretenden subsanar en los menores aquellos errores y desdichas que no supieron arreglar por su cuenta y riesgo? ¿Da la paternidad o la maternidad el derecho a maltratar y «enviar al combate» a los hijos? ¿Le gustaría a usted, papá, que le compraran un pleito por el solo hecho de que su hijo lo complazca? ¿Le gustaría, papá, que su hijo fuera una de esas desagradables personas que no reverencian los buenos modales y atacan de gratis la convivencia? Estoy seguro que no.

Los niños tienen derechos y necesitan también cuidados y protección especiales en aras de prepararse para resolver necesidades básicas y ampliar sus oportunidades, mas no para que sean violentos y agresivos. Los que así crecen tienden a perder el amor familiar y, con los años, en ocasiones hasta su libertad.

Cuba es quizá uno de los pocos países del mundo que vela tan concienzudamente por sus hijos más pequeños, dedicando incontables recursos humanos y materiales para elevar su nivel cultural, alejarlos de vicios y efectos sociales dañinos, y mejorar su salud y calidad de vida.

Personas como el padre de la escena deberían recapacitar además en que millones de niños en el mundo viven con la mirada sombría, cargada de odio, y me atrevo a decir que son aquellos que sobreviven a un ambiente hostil precisamente porque sus padres los obligaron a asumir conductas ajenas a la inocente naturaleza de un menor de edad.

En fin, papá, creo que está a tiempo de replantear sus «consejos». Recuerde que quien más grita no es al que más respetan. Solo una conducta que jerarquice el cariño y una sabia selección de temas y argumentos lo colocarán en la cúspide del corazón de su niño. Hágalo feliz al tiempo que lo prepara para la vida.

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