El piloto automático - Opinión

El piloto automático

Autor:

Luis Luque Álvarez

Como en un avión moderno, que el piloto automático se encarga de guiar hacia su destino, en la presidencia semestral de la Unión Europea acaba de entrar un piloto, Bélgica, muy feliz de que la nave, tras unas modificaciones técnicas —la aplicación del Tratado de Reforma del bloque comunitario—, necesite cada vez menos de sus habilidades.

El pequeño Estado, fundador de la UE, padece en los últimos tiempos pugnas políticas más agrias: los separatistas flamencos desean mayores competencias para las regiones que forman el país —Flandes, de habla holandesa, más próspera económicamente, y Valonia, francófona, que le va en zaga—, con la esperanza de que ambas terminen constituyendo países independientes (así se quitan de encima lo que creen es la «carga» valona).

Estas turbulencias no le han dejado tiempo al rey Alberto II ni para jugar un partido de quimbumbia, pues cada cinco minutos ha tenido que recibir a primeros ministros dimitentes y a posibles sustitutos, y encargar la formación de un gobierno tras otro. De hecho, llega el turno de Bélgica en la presidencia rotatoria de la UE, ¡y el país no tiene gobierno! Es decir, tiene uno que va de salida, el que encabeza el democristiano flamenco Yves Leterme, pero se espera que hasta octubre —¡hasta octubre!— no haya nuevo gabinete. ¡A pesar de que las elecciones fueron en junio!

En los comicios, donde cada región vota por sus partidos, fue notable el avance de un partido separatista, la Nueva Alianza Flamenca (NVA). Su líder, Bart De Wever, intenta tranquilizar a la gente, diciendo que no tiene en planes avanzar hacia la independencia de Flandes (no es que le falten ganas, sino suficientes medios). Del lado valón, el Partido Socialista copó la mayoría, y es entre esta fuerza y la NVA que debe conformarse el próximo gobierno.

Mientras eso llega, Bélgica desempeña la Presidencia de turno de la UE por duodécima ocasión. Recibió la antorcha de España, que dedicó su semestre a iniciativas como la orden de protección europea —una medida dictada por un tribunal nacional contra el agresor de una mujer, será válida también en otro Estado miembro—, y dejó aprobada la estrategia de crecimiento sostenible Europa 2020, que pretende hacer de la UE, en diez años, la región más competitiva (con 75 por ciento de empleo y tres por ciento del PIB para investigación y desarrollo), lo que reemplaza a la fracasada Agenda de Lisboa, de 2000, que aspiraba ¡a lo mismito! para 2010.

Llegado el turno de Bruselas, el primer ministro Leterme se felicita de que, con la vajilla cayéndose en casa, no haya mucho que arreglar fuera: gracias al Tratado de Reforma, hay un presidente estable del Consejo Europeo —precisamente el ex gobernante belga Herman van Rompuy—, y una Alta Representante de los asuntos exteriores de la UE, la británica Catherine Ashton, atareada en echar a andar en lo que queda de año el nuevo Servicio de Acción Exterior del bloque, con unos cuantos miles de funcionarios.

Con todo así cuadradito, «los nuevos dirigentes serán capaces de desempeñar sus responsabilidades», suspira aliviado Leterme, aunque su país deberá coordinar los consejos de ministros europeos (sobre agricultura, transporte, energía, etc.), y se empeñará en concretar un acuerdo entre los 27 acerca de mecanismos de regulación financiera, necesarios para evitar nuevas «marejadas peligrosas» como las que ya han saltado el malecón e inundado a alguno en la UE.

Pero en lo esencial, el avión, con seguridad, seguirá volando.

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