El soplo bendito

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

El ocaso de una gran esperanza es como el ocaso del Sol: con ella se extingue el esplendor de nuestra vida. La advertencia es del poeta Henry Wadsworth Longfellow, y la he recordado otras veces, pero sigue alumbrándonos en esta hora.

Aunque algunos lo adviertan menos, en medio de tantos dilemas concretos —materiales y existenciales—, una contienda simbólica esencial de este archipiélago se dirime en un escenario más delicado aunque igualmente cardinal.

Hay que alimentar en todo su valor a la esperanza, esa sensitiva dama espiritual, a cuya conquista no podemos renunciar. Ella es determinante para el triunfo de nuestro proyecto, además de los posibles cambios estructurales y del modelo y su carácter detonante para todo lo demás.

De alguna manera debemos lograr que cada paso coadyuve al éxito sobre la pesadumbre o el desespero incubado entre algunos.

La apuesta del Gobierno norteamericano y otros representantes de la derecha mundial por incrementar la presión a las tensiones del país vaporiza de muchas formas, algunas muy sigilosas. Una de ellas —reemergente en los debates de estos días— es la peligrosa confusión de la frontera entre las carencias que se nos imponen desde fuera, y las que nos agregan las deficiencias e insensibilidades desde dentro. Y sería una ligereza política no contribuir a eliminar estas brumas.

Es preciso ayudar a nuestra gente a deslindar eso popularmente bautizado como «bloqueo interno». Muchas de las expresiones de lo que el pueblo llama así, la describió certeramente Raúl en su contundente Coletilla en el diario Granma, a propósito de un reportaje sobre la construcción del Acueducto de Santiago de Cuba. Clásico ejemplo de que no pocas veces donde está el recurso, entonces escasea el «concurso». ¿A falta de qué?

El Presidente cubano ha venido describiendo otras en sucesivas intervenciones, que siguieron a las de aquel histórico 26 de Julio en Camagüey. Porque el crecimiento de esa neblina podría resultar en la pérdida de confianza en la capacidad del país para rebasar las consecuencias de la situación actual, y por consiguiente para darnos una vida más decorosa en lo material y espiritual.

Que venza el espíritu derrotista sería el mayor golpe moral y la peor decepción para las vanguardias cubanas. No es casual, he ilustrado a veces, que a una Revolución —estandarte máximo de inclusión— que elevó el patriotismo a los altares, se le intente hacer oposición con el descrédito del «escapismo». Al sueño de una nación independiente oponer una migración, o enajenación, a contracorriente.

Lo que se ha pretendido ahogar en el Estrecho de la Florida —o quién sabe en cuántos «estrechos»— no es a quienes se van, sino a la resistencia que se queda. La apuesta es a la rebeldía humillada por la «huida», como remachan las insaciables agencias mundiales del descrédito.

Habría que estudiar si otros pueblos vieron marcados tan singularmente su destino por ese signo de «escape o castigo». Nuestra nacionalidad lo padece con la misma persistencia histórica de la anexión frente a la independencia.

Como apunté en otro momento, deberíamos analizar si en el fondo macabro de la famosa Ley de Ajuste Cubano gravita esa recurrencia; el interés de usar ese anatema de la personalidad nacional como arma para su descomposición o autodestrucción. El «fatalismo geográfico» que nos regaló la «Providencia», apoyado tácitamente por la maledicencia.

Por ello es preciso seguir reinventando el prodigio de incorporar a la mayoría al delineado de nuestro horizonte «perfecto», lograr la maravillosa acuarela del consenso: el arca de la salvación de Cuba y de sus sueños. Esa donde un pueblo se monta sin distingos ni prejuicios en la mágica barca del resguardo de su destino.

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