El traje y el título

Autor:

Osviel Castro Medel

Ya transcurrió un lustro justo desde que estas páginas rebeldes publicaron ¿Graduarse cuesta caro?, un reportaje cuya esencia pellizcaba algunas de las nubes «invisibles» que debían saltar ciertos jóvenes para llegar al anhelado día de la graduación universitaria.

Una hiperbólica y graciosa ilustración acompañaba aquel trabajo periodístico. Era una mujer, que con una criatura y un cerdo-alcancía en sus brazos, le decía a alguien: «Nada, estoy ahorrando desde ahora para cuando a la niña le toque graduarse».

El chiste solo echaba picante a la sal de aquellas líneas, que entre otras preocupaciones lanzaban una bastante seria: la tendencia de algunos universitarios a prestarle «más atención a la ropa para la discusión, a la encuadernación lujosa de la tesis, la merienda de ese día y a otros detalles externos que al propio contenido del trabajo de diploma».

Cinco años después puede escribirse casi con idéntico sentido. Porque ciertos estudiantes, a lo largo de la nación, aún siguen inquietándose más por el cascarón y la envoltura que por la médula y el corazón mismo.

No hacen mal la gala y el esplendor en un día que marcará inicios, finales y destinos; ni debe agriarse la mirada por las fotos, el video, la pompa y el traje en esa fecha incomparable. La avería espiritual surge cuando, como sucede a veces, el afán de esmaltarse origina «picudas competencias», egos celestiales o presiones exageradas a la familia, «que ve cómo naufragan sus barcos de papel».

Leve es la imagen, se ha dicho siempre con razón. A lo que podría agregarse sin miedos: el cerebro primero, el adorno después. Por eso, valdría muy poco una tesis estampada en soles si su contenido resulta un «corta y pega» que se hará volátil a la mañana siguiente. O si su ponente es el mejor candidato a desaprobar el riguroso examen de la vida.

Sé que, incluso, algunos en estos tiempos miran como un pecado capital vestir la misma ropa para la discusión de la tesis que para el acto de graduación. Y hasta surgen mofas cuando alguien se aventura a repetirla.

Allá ellos, como diría cualquier personaje callejero. No los impugno, mas podría citarles el ejemplo cercano de Alfredo Brito, un guajiro del caserío de Barajagua, en Cueto, Holguín, quien, en pleno período especial, en julio de 1994, acudió a batallar por su trabajo de diploma con el mismo pantalón marrón con que iba a clases. Por eso no fue menos. Dieciséis años después es un excelente y respetado profesional, director de la televisión en Granma. Y como él, otros tantos se hicieron y crecieron sin haber deslumbrado al recto tribunal de entonces.

Eran otros tiempos, podrá subrayar alguien. Mas, recordándolos y viendo qué son ahora, reafirmo el vigor de aquella frase sencilla, no siempre entendida por algunos: «El espejo en que te miras te dirá cómo eres, pero nunca te dirá los pensamientos que tienes».

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.