Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Historias de estrellas

Autor:

Osviel Castro Medel

Hay historias que nos pasan por el lado, llenas de sazones, y ni siquiera atinamos a pellizcarlas. Historias que, en el maremágnum diario de «la lucha», se nos van evaporando con los vientos del tiempo.

No me refiero a los relatos de héroes y acontecimientos que llegaron a libros, sino a los de seres humanos predestinados, al parecer, a ser polvillos inadvertidos y hoy son, por el contrario, planetas que eclipsan.

Pienso ahora mismo en la semblanza de Mateo Benítez Verdecia, quien hace cinco décadas llegó con 11 años, procedente de las lomas de Santo Domingo, a su primer colegio, situado en Caney de Las Mercedes. ¡Y allí entre pupitres fue donde lo inscribieron! Y allí, después de soportar incluso la noticia de la muerte de sus padres en el ciclón Flora, supo empinarse, cursar varios niveles de enseñanza hasta convertirse en instructor de Educación Física, más tarde en jefe de cátedra de esa asignatura, después en subdirector docente, hasta terminar como director de una de las instituciones que ahora conforman esa gran escuela.

O repaso la novela real de Luis Ángel Fonseca, aquel que inspiró la serie Cuando bajen las estrellas, porque en su mundo de Champún de Santana de Nagua, en plena Sierra Maestra, jamás había visto las luminarias y al observar cómo encendieron los primeros bombillos de su vida en ese propio centro, gritó: «¡Qué bajitas están las estrellas!» y creyó también que cierta roca blanca y fría (el hielo) podía guardarse bajo la almohada.

En ese centro educacional pasaría cerca de Fidel, el Che, Celia, Manuel Hernández Osorio, «Piti» Fajardo y el escritor Herminio Almendros. Pero lo más hermoso es que, andando el tiempo, al igual que Mateo, Luis Ángel sería después maestro, subdirector y hasta director general de toda la institución.

Son solo dos casos estremecedores. Mas se calcula que en 50 años, cumplidos oficialmente hace unos días —el pasado 26 de julio—, se han graduado unos setenta mil cubanos en diferentes enseñanzas en ese hermoso taller espiritual que es la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos, la primera gran obra educacional construida por la Revolución.

Y cada uno de esos miles, hijos de guajiros en su inmensa mayoría, tienen historias relacionadas con las luces, unas de bromas y maldades, otras de nostalgias por el hogar de guano; pero casi todas estimulantes: los que laboraron en el periódico mensual Camilos, dirigido por el capitán rebelde Sidroc Ramos; los que recibieron clases del pintor chileno Hugo Jaramillo; los que vieron correr en la pista al campeón olímpico de la maratón, el checo Emil Zátopek; los que conocieron el rostro de Tania la Guerrillera; los que jugaron en simultánea de ajedrez contra el Gran Maestro cubano Eleazar Jiménez...

En esa ciudad tejieron historias alumnos que cursaron desde el círculo infantil hasta la mismísima universidad. Y urdieron aventuras adolescentes el artista de la plástica Nelson Domínguez, el escritor Abel Guerrero, el periodista Martín Corona, el médico Céspedes Argote… Son tantos que bien pudiera compilarse un libro grueso y humano, el cual debería ser cabecera en cada aula.

Hace tiempo escuché que acaso algún día la Ciudad Escolar, cuna de fuegos y estrellas, sede del primer trabajo voluntario masivo en Cuba convocado por el Che, podía declararse Monumento Nacional. Ojalá no sea solo un sueño; pero si no se concretara lo más importante sería ir descongelando las historias de sus alumnos en estos 50 años para que se hagan chispazos en la eternidad y vivifiquen la obra que a veces, lamentablemente, por lunares o baches, no sabemos ponderar.

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