A veces se nos hace tarde

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

A veces uno se pregunta cómo la vida puede transformarnos al tiempo de un efímero bostezo. A veces uno no es capaz de sospechar lo estrecho de esa muralla que separa las alegrías de la infelicidad humana.

A veces, solo a veces, uno logra comprender por dónde anda. Y es entonces cuando vienen los reclamos y las obsesiones por las cosas que debieron salvarse; pero también a veces ensombrece temprano, o uno mismo busca el oscurecer hasta que por fin, por mucho que otros quieran, definitivamente se nos hace tarde.

Jamás pensé que aquel muchacho que compartió conmigo los primeros años de escuela y durante toda la Secundaria, había cambiado tanto. Jamás imaginé que su historia estaba ya tan embriagada de tristezas, de esas nostalgias que apenas permiten tragar en seco y hacer las muecas con las que un bebedor esquivo le da la bienvenida siempre a unos buches de ron cuando alcanzan la garganta.

No importa si el desventurado inspirador de estas letras se llama Juan, Ernesto o Alberto. A fin de cuentas su nombre es lo de menos, y lo demás ha sido cuestión de tiempo, de malas sugerencias y de unas cuantas botellas que poco a poco lo han sumergido en un mundo «piquilargo» y «empetacado» donde las miserias se tornan a ratos tacañas riquezas, donde las penas y las glorias se confunden de bar en bar, tocando el suelo de cualquier esquina.

Con la ebriedad de las pocas memorias que le van quedando y en medio de su letargo etílico, mi amigo de infancia se sintió alegre al verme. Y me consta su júbilo porque enseguida alzó el frasco y tomó el vaso para brindarme un trago, que es hoy lo mucho y poco que puede dar.

—Coge aquí, muchacho. Prueba el alcohol este. Está bueno, verdad. Bueno dime, qué es de tu vida, dónde estás «metío» ahora —preguntó con inquietud sincera, hurgando en las fibras de mi camino académico, por el que una vez pensó también pasar él.

—Ya, ya me gradué. Me gradué de periodista.

—¿De periodista? Ñoo, qué bien… A mí me hubiera gustado también estudiar eso —me dijo con una voz de reproche hacia sí mismo, aunque al instante levantó su copa plástica para llevar abajo un sorbo en el que se irían, hasta cocinarse en el hígado, todas esas añoranzas.

Poco después lo vi recostado a un contén, con los zapatos amarrados en el cuello, sin camisa ni cinto, con ojos entreabiertos y exhalando a gritos insultos que todavía me martillan en la mente, como reverso de aquellos modales con que nos vimos crecer recíprocamente.

No sé si alguna vez mi camarada se ha sentado a pensar en lo que es hoy. Supongo que no, pero me han dicho que no han sido pocos los consejos ni las manos pasadas por encima del hombro. Para él, si un día quisiera montarse en el tren de vuelta, ya la borrachera no será más fácil que la resaca, esa que solo le queda como fin, como sostén de afectos en viaje de regreso que si bien todavía no es imposible, a veces se hace demasiado tarde.

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