Levitar en el parque

Autor:

Nyliam Vázquez García

Mientras el columpio se elevaba hasta que sus pies casi tocaban la cerca divisoria entre uno y otro mundo, ella le decía eufórica a su padre: ¡Papi, más alto, más…! Él, vestido de domingo, la complacía. Gozaba sus carcajadas, veía las cintas de su vestidito batirse con la cadencia del impulso. El tiempo feliz en el parquecito infantil de su pueblo, a 72 kilómetros de La Habana, sigue siendo un buen recuerdo. Pero solo eso.

Metida en aquella silla de hierro se sentía levitar. De algún modo «el parquecito» —único por esos lares— fue el trampolín para alcanzar el cielo. Incluso, lo prefería al del municipio más cercano, cuyos aparatos tenían más colores y era más grande, pero… en el suyo podía volar. El chirrido de los hierros, muchas veces oxidados, le parecía música. Se entretenía mirando a otros jugar y disfrutaba el atrevimiento que no se permitía: resbalar por la canal más grande, balancearse de pie sobre el columpio con forma de barco, montar la hamaca pensada para los niños mayores…

Tres décadas después, el parque sigue allí y no es el mismo. Está cerrado. Ya no está protegido por la cerca que marcaba los límites celestiales, y un muro de concreto podría ser la señal de que algún día volverán a ese espacio las más sonoras carcajadas infantiles. Ahora es solo una esquina abandonada: dentro la hierba llega casi hasta la cintura, la canal, el tiovivo o las sillitas de alcanzar la cerca, se han convertido por la falta de mantenimiento en un amasijo de hierros. Apenas las huellas de lo que un día fue, donde tantos fueran felices con tan poco.

Recuerda su infancia, pero también las veces que llevó a su hermana y más tarde a su sobrina.

¿Cuántos crecimos esperando que nuestros padres nos llevaran al parque? Algunos no conocieron otro y ese les parecía genial. Casi todos los municipios tenían uno y, ahora, por lo que he podido apreciar, al menos en los pueblitos que separan La Habana de San Cristóbal, la historia se repite.

En la era de las computadoras y de los ataris, algunos padres creerán que no es necesario. Al final, los niños se quedan anestesiados frente al TV o la PC, los que tienen, claro. Otros pueden ir a tomar helado en el recién reparado Coppelia de San Cristóbal o tal vez al museo, que después de más de una década en ruinas luce una nueva cara. Sin embargo, el parque infantil se extraña. Quizá los que deciden, incluidos los padres, inmersos en las preocupaciones diarias, no le presten tanta atención a su ausencia… pero ¿acaso no debería clasificar dentro de lo urgente el desarrollo espiritual de los más nuevos?

Ella ha crecido, pero disfruta escapar al pasado. Le gustaría poder llevar a sus hijos al mismo sitio donde fue feliz. Una vez al mes se baja de la guagua interprovincial y pasa frente al parquecito. Siempre tropieza con la misma nostalgia. Mira las ruinas y, aun así, por unos instantes se empeña en volver a tocar con sus pies la cerca, busca escucharse reír, sentir nuevamente los lazos de su vestido al viento y levitar con la mano de su padre impulsando sus sueños…

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