La hora de Fini

Autor:

Luis Luque Álvarez

¿Quién es hoy el sujeto más importante en la política italiana? ¿El presidente Giorgio Napolitano? No, no; ciertamente muy respetable, pero no es el brazo que ejecuta. ¿Acaso el multimillonario primer ministro Silvio Berlusconi? Tampoco. Si ha gobernado como un zar es gracias al respaldo que le da la Liga Norte, un partido xenófobo, que quiere separar el rico norte del país del más atrasado sur. De modo que el Cavaliere es rehén de estos señores…

Respuesta: el hombre de este minuto es el jefe del Parlamento, Gianfranco Fini, quien días atrás salió echando un pie del partido berlusconiano, Pueblo de la Libertad (PdL), y fundó una nueva fuerza: Futuro y Libertad, con tres decenas de diputados que lo secundaron.

¿Por qué es importante Fini? Un signo: nada más irse, la oposición pidió el voto para destituir a un viceministro de Justicia del PdL, implicado en varios casos de corrupción, y él y sus correligionarios, en vez de sumarse y darle el golpe a Berlusconi, se abstuvieron. El mensaje: «Te tengo en el puño, Silvio».

En la Cámara de los Diputados italiana, que cuenta con 630 asientos, la mayoría es de 316. El PdL y la Liga, al irse 33 con Fini, quedaron con 298, a merced de la buena o mala voluntad de la pequeña tropa de su rival, que si enfila los cañones contra el gobierno, no le dejará más opción que convocar elecciones adelantadas, y los italianos irían a las urnas por cuarta vez en diez años, para probablemente darle el mando a… Berlusconi, dueño de cadenas de TV, equipos de fútbol, periódicos y, en resumen, imagen del hombre de éxito que muchos, embelesados por las novelas rosa que sus canales emiten, esperan un día llegar a ser.

Fini podría empujar hacia más inestabilidad, pero no lo desea. Todavía. A fin de cuentas, el PdL tuvo dos fundadores: Berlusconi y él mismo. No tiene, por tanto, diferencias programáticas esenciales con esta fuerza, pero sí conoce los límites de la vergüenza, y es por eso que desaprueba abiertamente al Cavaliere y el ambiente de escándalos en que este ha desenvuelto su gestión, pues ministros y otros colaboradores se han visto forzados a largarse ante la presión de las evidencias.

«Muchos ciudadanos de centroderecha no entienden por qué, en nuestro partido, las garantías constitucionales muchas veces son entendidas como mera impunidad», confesó Fini. Ni a Silvio ni al resto del PdL les gustaron esas ni otras imprecaciones, por lo que lo expulsaron, y él, ¡que más rápido aún formó su partido!, les habrá dicho la versión italiana de la frase «de mejores lugares me han botado…».

¿Y la izquierda qué dice? Bueno, si en el Parlamento italiano hubiera una fuerza realmente de izquierdas, hace tiempo que Berlusconi estaría tomando sopa en casa, pero el intento de partido progresista «moderno» que ha resultado ser el Partido Democrático (PD, segundo en escaños tras el PdL), se ha quedado como espectador boquiabierto en las múltiples oportunidades en que el gobierno se ha puesto la soga al cuello. Y no ha empujado la banqueta.

Por el contrario, el líder del PD, Pierluigi Bersani, en vez de pedir comicios anticipados, hace malabares con la posibilidad de unir a todas las fuerzas contrarias al PdL en caso de que estos fueran inevitables. En ello, en que prefiere juntar a todos —¡tan diferentes!—, se ve un retroceso respecto a la idea inicial del ex jefe del PD, Walter Veltroni, de apostar por un partido sin aliados ni compromisos, en batalla campal contra los berlusconianos, que recogiera él solo los frutos de la victoria. Parece que la lejanía de esta, y la propia debilidad, han obligado a aterrizar forzosamente…

¿Qué queda, para desazón de quienes aún siguen la política en los noticieros? Pues lo que un influyente semanario, Famiglia Cristiana, describió magistralmente: «Un país sin líder, y políticos que se pelean por todo», en el que «la opinión pública, pese a estar drogada por la televisión, está asqueada con el poco edificante espectáculo ofrecido casi a diario» por su clase política.

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