Por favor, las gracias

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Para el hombre común, ese que siempre nos mira directo a los ojos, hurgando en las fibras del alma y no en los ropajes y las prendas de artificio, nada reconforta y completa más que la gratitud.

Me consta que tamaño gesto no cuesta mucho. No exige títulos, ni academias, ni currículos. No requiere de tesis doctorales, ni de lingüistas, ni de científicos. No se hizo para ser privilegio de unos pocos, aunque sí privilegie a aquellos a quienes les resulte un acto cotidiano, simple, hermoso.

Meditaba hace unos días a propósito de «esos palos que nos da la vida», con los que al final uno acaba entendiendo que la realidad, por cruda y frágil que parezca, es siempre superior a la metafórica referencia que nos legó el poeta.

Comparto una anécdota que molesta, pero a la vez alecciona. Y si con razón molesta, es por esa necedad de no darnos cuenta a veces de lo que vale una actitud, una palabra o simplemente una seña que reciproque el cariño y la confianza.

Aburridas de esperar en un banco y ya sofocadas por el sol que a ratos les caía encima, una mujer «cincuentona» y su nieta recién parida contaban los más de cinco bultos con los que tenían que cargar hasta su casa.

No sabían qué hacer, adónde ir, a quién acercarse, hasta que un hombre al que momentos antes habían llamado y yo, que pasaba por allí, fuimos a socorrerlas. Al mismo tiempo que nosotros llegó también un anciano, que desde otro banco las había observado inquietas y decidió entonces halar por su bastón para ayudarlas.

Pero lejos de agradecerle al buen abuelo la voluntad de querer asistirlas, una de las mujeres osó decirle con tono despectivo: «Viejo, pa’ que viniste, si no puedes con tu vida. Lo que vas es a estorbar. Ya aquí no haces falta».

De momento aquellas palabras fueron paralizantes, penosas. Y confieso que a mí, a pesar de hacerles saber mi desconcierto, no me quedaron ganas de echarme sobre las espaldas las maletas de quienes se mostraron así, tan sin alma.

Todavía pienso en ellas, tan ofensivas, tan violentas, y por extensión me lastiman los que son incapaces de devolverle al prójimo, que puede ser el vecino, el amigo o un desconocido, esa emoción sincera que compensa su entrega a cambio de nada.

Decía Martí: «Sea la gratitud del pueblo que se educa árbol protector, en las tempestades y las lluvias, de los hombres que hoy les hacen tanto bien». Y al razonar esta sabia sentencia del Apóstol, uno percibe que la cortesía de corresponder a las buenas obras viene a ser entonces como ese bálsamo que alienta a los hombres en el ejercicio de edificar conscientemente su propia sociedad.

Venga de donde venga y pronunciada en cualquier lengua, dar las gracias puede aliviar y aliviarnos la vida, esa que, parafraseando una hermosísima canción, es la que, a fin de cuentas, nos da y nos seguirá dando tanto.

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