Recóndita, tenaz noción del bien

Autor:

Alina Perera Robbio

De idea en idea un grupo de cubanos desembocamos hace poco en reflexiones alusivas a la utilidad que entraña distinguir lo esencial de lo circunstancial. Cierta expresión conocida por muchos hizo de pórtico que se abría e invitaba a mirar en un paisaje casi insondable: el humano.

«Los jóvenes se parecen más a su tiempo que a sus padres», había propuesto un interlocutor, con clara intención de indagar si en esas palabras debíamos inferir que «los tiempos», «las circunstancias siempre cambiantes», son necesariamente negación de valores espirituales que, como códigos genéticos, han sido legados de padres a hijos en el discurrir de siglos.

La conversación apuntó directo a lo que considero la fragancia de la existencia: ciertas cualidades que en algún instante del universo nos comenzaron a distinguir como criaturas más desarrolladas que cualquier otra del mundo animal, pero que en el apuro de hoy algunos no se detienen a orear, a desempolvar, a tocar dulcemente como se hace con fotos de familia u otro recuerdo sagrado.

¿Acaso por esto de los tiempos que traen sello propio —preguntaba alguien— podríamos llegar a voltear sin sonrojos hojas de nuestra especie como el amor a los hijos, o el verdadero sentido del amor de pareja, o del amor a nuestros semejantes, o el valor de la amistad a prueba de todo, o de fidelidad, honradez, altruismo?

Definitivamente no, pues esas cualidades —luchando a brazo partido contra idénticas fuerzas pero opuestas— son las que nos han traído a salvo hasta el presente, desde tiempos tan remotos como aquellos en que nació el antiguo proverbio árabe según el cual «los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres». Y desde tiempos más antiguos todavía.

Que manejemos montañas de información, que hayamos subido muchos peldaños en el camino de la ciencia, que todo sea más rápido, sensorial, instantáneo y casi de vuelta a lo gutural —un diálogo en calma parece cosa del ayer— no significa que seamos menos ignorantes, primitivos y solitarios, si olvidamos que lo mejor del Hombre es esa lucha esencial que él lleva adentro entre su maldad y su bondad, cuyo saldo casi siempre se decide en dependencia de lo que aprendió bajo el techo del hogar.

Es evidente la trascendencia del tema, especialmente por estos días, cuando Fidel pone ante nuestros ojos una realidad muy peligrosa: advierte que el planeta está al borde del holocausto nuclear, y que evitar ese abismo depende, entre otras tantas cosas, de premisas tan básicas como la buena voluntad, el apego a la vida, el triunfo de la humildad sobre la soberbia y del amor más intrínseco sobre el egoísmo y el odio.

El fantasma del genio Albert Einstein parece haber vuelto para tirar de nuestras orejas —más de los lóbulos de quienes gozan este mundo, que de los sufridos— con esta idea suya: «No sé cómo será la III Guerra Mundial, pero sí la IV: con piedras y palos…».

Y una recuerda entonces que el planeta está por jugarse la carta de la fiera. O la del Hombre. Y que lo decisorio en la balanza ahora no se ve porque es recóndito: el impulso de quien pondrá o no el dedo en el gatillo de la primera bomba de exterminio, depende de lo que aprendió alguien en el seno de su familia, allí donde se enseñaron las leyes iniciales de la vida —no matarás, no robarás, no mentirás, amarás a tus semejantes…— antes de llegar a la escuela, antes de penetrar el entramado de una sociedad complejamente diseñada y cuadriculada en prejuicios, leyes y dogmas.

Emprendiendo el viaje Isla adentro, recuerdo la magnífica introducción de la intelectual cubana Graziella Pogolotti, en su artículo titulado «Para dialogar con los jóvenes», el cual apareció publicado en las páginas de este diario el 14 de febrero del año 2010: «Cuentan que Raúl Roa, interrogado a inicios de la década de los 50 por un grupo de estudiantes acerca de la diferencia entre los de ese tiempo y los participantes en la Revolución del 30, respondió: “Los jóvenes siempre son los mismos, lo que cambia son las circunstancias”».

Más allá de las circunstancias de ahora y por venir —crecientemente difíciles y demandantes de toda la imaginación posible—, harán falta jóvenes (quienes por naturaleza serán los benditos inconformes de siempre) en los que sus padres, maestros, y otros modelos humanos, hayan sembrado los valores más edificantes de la especie, al punto de haber convertido sus almas en jardines poblados, capaces de soportar las inevitables embestidas de la miseria material y humana.

El esfuerzo de hacer mujeres y hombres buenos, como asunto vital, seguirá trascendiendo toda moda. Encontrará no pocas veces caminos preñados de abismos desde los cuales la virtud parecerá cosa imposible. Pero en la historia sobran ejemplos de cómo la decencia creció terca desde escenarios duros, incluso sembrados de pánico, como los montados por el fascismo.

Y ahí está, al frente de una legión de cubanos sagrados, recordándonos cómo saltó desde su adversidad hasta la inmensidad, nuestro Martí, quien llegó a tener la certeza de que, aún cuando todo fuese arrasado, la noción del bien flotaría por sobre todas las cosas y no naufragaría jamás.

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